La migración hacia Estados Unidos registra niveles récord. Para ejemplificarlo basta una comparación simple. En los cuatro años de gobierno de Barack Obama se realizaron 2.1 millones de detenciones de migrantes en la frontera, con Trump esta cifra se ubicó en 2.4 millones, mientras que con Biden se han realizado 2 millones únicamente durante su primer año. Un incremento de seis veces si se compara con la administración anterior.
Una proporción de esta migración proviene del llamado “Triángulo del Norte” (Guatemala, El Salvador y Honduras) y atraviesa de manera no-formal México, por la frontera sur que cuenta con más de 1,200 kilómetros, pasa cuatro estados y 31 municipios, donde interactúan casi tres millones de personas y donde existen diez pasos fronterizos formales y decenas de informales.
Simplificando el argumento, durante la década de los setenta y ochenta, la migración fue resultado de las dictaduras, los conflictos armados y la persecución política de opositores. Durante los noventa e inicios del nuevo milenio, fue debido a la crisis económica y la falta de oportunidades. En tanto, la migración actual es la resultante de diversas dinámicas, como la violencia criminal, la necesidad de reunificación familiar y los retos emergentes asociados al COVID-19.
No obstante, el fenómeno es más complejo y se relaciona con problemáticas estructurales. México, al igual que Guatemala, Honduras y El Salvador, registraron en las últimas décadas un “bono demográfico”, es decir, la población joven activa económicamente era superior a la inactiva. Sin embargo, de acuerdo con la CEPAL, los empleos formales creados sólo pudieron absorber al 35% de la fuerza de trabajo, mientras que el resto tuvo que distribuirse entre el empleo informal y la búsqueda de oportunidades en el extranjero.
También es importante analizar el papel de las remesas. Las debilidades de la economía de los países tuvieron como consecuencia una necesidad de obtener recursos externos para la subsistencia de las familias. En ello, las remesas configuraron no sólo un ingreso adicional o complementario, sino el ingreso básico para el sostenimiento de los hogares.
Mientras en México las remesas representaron en 2021 entre el 3 y el 4% del PIB, en países del Triángulo del Norte este número fue notablemente superior. En 2016, en Nicaragua fue del 9.4%, en Guatemala del 10.3%, mientras que en El Salvador fue del 16.6% y en Honduras del 18.2%. En otras palabras, existe un alto nivel de dependencia de las remesas como componente de la economía. Por esta razón, los gobiernos nacionales podrían no tener razón para implementar políticas para la reducción de la migración.
Otro de los factores asociados es evidentemente la violencia. Aunque es un tema que se revisará en esta columna más adelante, estudios de organismos regionales han encontrado una relación positiva entre comunidades violentas y migración. Esto es, entre más incidencia delictiva y homicidios existen, se tiene una mayor propensión a salir de la comunidad.
Es muy complicado que la tendencia de migración hacia Estados Unidos pueda disminuir en los próximos años. México y el Triángulo del Norte comparten no sólo la proximidad geográfica, sino las problemáticas de falta de oportunidades laborales, desigualdad económica, violencia generalizada y debilidad en las instituciones.
* Candidato a Doctor en Ciencia Política por la UNAM y fundador de la Consultoría SIE. Twitter: @jgt_00