El fenómeno migratorio, es un hecho concomitante a la misma condición humana, siendo su principal motivante, la mejora en las condiciones de vida que los lugares de origen no pueden ofrecer, impulsando una dinámica que ha conformado la construcción de todas las sociedades, pues ninguna carece de experiencia en este sentido.
La migración lleva el contenido único de la experiencia de sus respectivos pueblos, sus glorias y sus miserias, todas ellas depositadas en las costumbres y en el idioma, que es un portador de significados insustituibles, como diría Wilhem von Humboldt, al pertenecer a ese mundo cada vez más cosmopolita que, heredero de la ilustración, para el siglo diecinueve lanza un proceso de reconocimiento de sociedades no occidentales -como China, estudiada por Humboldt-, en donde sus lenguas reflejan la mayor parte de ese conocimiento único, y que al momento de compenetrarse, dota de una enseñanza que amplía la carga significativa del término, ofreciendo la riqueza del saber a la sociedad de arribo. Regalo invaluable.
La revolución industrial facilitó fenómenos migratorios gigantescos, ante la expansión de la sociedad fabril, hambrienta de trabajadores que llevaran a cabo los complejos procesos de manufactura. Los cambios en el rostro de la sociedad cambiaron, al implicarle una recomposición de sociedad rural a urbana, con el incremento de la población citadina, y la formación de asentamientos masivos superpoblados en las grandes urbes, poniendo en jaque a las instituciones tradicionales, fortaleciendo a las nacientes democracias burguesas y su cada vez más amplia partidocracia, que pretendía capitalizar las exigencias de una población cada vez más concentrada y con capacidad organizativa, difícil de imaginar ante arraigo comunitario de la sociedad agrícola.
Solamente por tocar un ejemplo sobre las consecuencias sociales del fenómeno migratorio, para que quede claro de que efectivamente marcan la pauta de los grandes cambios, e incluso, de los fenómenos culturales de todas las sociedades. Decir que no pasa nada es falso, pasa mucho y cada acontecimiento merece una narrativa propia, desprejuiciada, y siempre anteponiendo el reconocimiento de la persona y el pleno entendimiento a las dificultades que pretende sortear.
La particularidad de la migración de Sudamérica a México y a EU (sí, a ambos), merece que consideremos no solamente la cínica irresponsabilidad de sus gobiernos originarios, incapaces de ofrecer alternativas a su maltratada población -como con el gobierno socialista venezolano y su sangría poblacional-, sino también a la presencia de grupos del crimen organizado, en su mayoría colombiano, que opera en el cruce del Darién por Panamá, favoreciendo oleadas masivas de persona, comprometiendo a los países de llegada y su capacidad tanto para integrarlos, como para permitir su cruce. El fenómeno esconde historias de horror que pueden traducirse en hechos violentos de incalculables magnitudes, y con consecuencias muy relativas de supuestos beneficios.