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Modestia kafkiana

Modestia kafkiana

Columnas viernes 02 de octubre de 2020 - 00:56

No deja de darme curiosidad y un poco de pena que el debate sobre la transformación del Estado haya transitado desde una posición modesta, pero realista (cambiar la cultura cambiando el ejemplo de quien ostenta el poder) a una típicamente frívola e inocente (una consulta inconstitucional y una reforma a la constitución, para que ya no lo sea).
Decía Michael Oakeshott que un racionalista siempre está más dispuesto a destruir y reinventar, que a modificar o perfeccionar. Caemos en ese supuesto, creo yo, todos nosotros, los occidentales que desde hace 200 años tenemos una fe ciega en las posibilidades del intelecto de cubículo y sus artificios modernos, concretamente el derecho monopolizado por la ley estatal y la distribución de la riqueza a través de un mercado perfecto, que nunca ha existido. Los avances tecnológicos son un analgésico engañoso, porque confunde el avance científico con el desarrollo incremental de sus mismos postulados, muchos de ellos frágiles y volubles, especialmente cuando se trata de ordenación de la conducta humana.
Bastó una gripe agresiva para que el mundo volviera a recetar los remedios medievales de encierro y xenofobia, como la gran cosa y con la jerga médica por delante. Lo cierto es que no hicimos nada que no hicieran los habitantes de las ciudades italianas del siglo XIII cuando les llegaba la noticia de un apestado en alguna villa cercana.
Es innegable el progreso en ciertos rubros, pero igualmente lo es la incapacidad de asumir nuestro impacto histórico con humildad; sabemos menos de lo que creemos, muchas preguntas fundamentales siguen sin respuesta desde hace siglos (cuando no milenios). En las democracias, lo hemos repetido otras veces, el horizonte de vida político obliga a repriorizar la agenda, a privilegiar lo que se puede sembrar y cosechar durante la misma administración y por eso los cambios legales y hasta constitucionales (esto último en tradiciones legislativas impúdicas como la mexicana), se vuelven sueños realizables de estadistas ambiciosos, pero aplastados por una realidad cultural y estructural inamovible.
Creer que al modificar la ley se modifica la realidad es un prejuicio típicamente moderno, muy ilustrado, que ha demostrado también su fracaso a lo largo de varios siglos. Fue el principal problema de la constitución de 1857, brillante texto político para un país que no era este. Fue el principal problema de la reforma educativa que pretendió ignorar la idiosincrasia individual y gremial de uno de los oficios mejor organizados en México. Es la razón de los continuos fraudes a la ley fiscal que año con año ingenian los grandes contribuyentes.
Y es también la razón de la frustración de un presidente tras otro, de un gobernador tras otro, que ordena categóricamente cualquier cosa y pasa de todo, menos lo que él específicamente ordenó. Esa es la razón de que todos empecemos hablando de pobreza, corrupción y educación, y terminemos hablando de iniciativas legales, consultas y formatos. Lo Kafkiano no significa surrealista, como a veces se cree, sino desolador y apabullante, burocrático e incomprensible. Así.
Aprovecho este espacio para felicitar al diario ContraRéplica, en su segundo aniversario, que se ha convertido en la casa de muchas voces nuevas y valiosas. Que vengan muchos más.

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/CR

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