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Columnas
Los líderes del mundo que han sido amenazados o perjudicados por Donald Trump y su agresividad unilateral, creen que están jugando una partida de ajedrez contra un sujeto ruidoso, violento, pero a final de cuentas, pragmático. Creo que están en un error.
No es que todo su discurso o acciones sean racionales, congruentes o genuinas, pero ese sujeto no tiene ningún incentivo para pensar como estadista. En su primera presidencia, demostró ser mucho ruido y pocas nueces, como todo populista cuidando el negocio; pero esta segunda vez él ya no es el mismo. Si la megalomanía y la avaricia eran sus principales motores para buscar la presidencia en 2016, en esta ocasión se trataba de evitar dos peligros tangibles e inminentes: la bancarrota y la cárcel.
Por su pasado, por su edad, por los refuerzos de su conducta inmoral y abusiva que el electorado y sus amigos le han dado incesantemente durante toda su vida, estamos frente a alguien que no tiene nada que perder, que está en sus últimos años de vida o de funcionalidad, y a quien por tanto le importa un bledo el futuro, hasta en el corto plazo: el suyo, el de los norteamericanos, el de quien sea. Quienes insisten en medirlo con la racionalidad del jugador de ajedrez omiten el hecho de que el cálculo es una valoración de riesgos futuros, y eso a él no le concierne, porque siempre puede estar a una hamburguesadel infarto. Por si no ha quedado claro: a Donald Trump le importan un carajo las consecuencias de sus actos que no se vayan a reflejar al otro día en la bolsa de valores, de ese tamaño es su horizonte temporal de cálculo.
Quizás comparta una visión que sí ilusiona a sus votantes o correligionarios, que es la idealización de un pasado norteamericano que oscila ambiguo entre los cincuentas y sesentas, específicamente entre que termina la Segunda guerra mundial, y antes del fiasco de la guerra de Corea. Estados Unidos se consideraba una potencia militar y económica indiscutible, a quien todos los países le reconocieron la capacidad de fijar el nuevo orden mundial. En la vida del norteamericano común y corriente, se plasmó en imágenes cursis, mojigatas y extrañamente siniestras, las que se reflejan en la publicidad de Coca – Cola en anuncios de latón, donde una mujer con delantal está recibiendo a su marido que vuelve del trabajo, ambos con una sonrisa que es mitad nuclear y mitad calvinista.
Naturalmente esa visión pretérita es ficticia, como todos los pasados gloriosos, y detrás del día soleado en el póster de la fuente de sodas se oculta el estrés postraumático de los soldados, pero se persigue la imagen selectiva del pasado, borrosa y endulzada. Ahora bien, para ello, el presidente Trump está tomando medidas proteccionistas y leoninas, asumiendo que el mundo entero se aguanta y se calla. Su end game, parece ser, es volver al capitalismo industrial, de autoconsumo e intervencionismo extractivo hacia el resto del mundo, que no es sino la periferia de la civilización, con centro en Washington.
Está en un error. El capitalismo ha demostrado una capacidad enorme para adaptarse a los cambios políticos y usarlos a su favor, siempre. Cuando el socialismo ungió a sus héroes, el capitalismo empezó a vender camisetas con sus fotografías. Las reglas del capitalismo post industrial, que podemos llamar digital, o global, o como se quiera, no van a desaparecer por decreto, ni las corporaciones multinacionales van a regresar su proceso de producción a Estados Unidos “porque Trump ya dijo”. Su modelo de negocio se basa en fabricar en los países más pobres y corruptos posibles, para vender en los países más ricos y narcotizados posibles. No sé cómo vayamos a salir de esta crisis que es global e inminente, pero es improbable que sea juntando gente en el Zócalo a gritar consignas en español.