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Nos gusta vivir la ilegalidad

Nos gusta vivir la ilegalidad

Columnas viernes 26 de marzo de 2021 - 02:05

La idiosincrasia del mexicano está basada en la corrupción, la ‘transa’, el camino fácil; rendimos culto al soborno y al cohecho; nos vanagloriamos por comprar productos piratas, presentar documentos apócrifos o engañar a las autoridades, a las empresas y a los bancos con identidades falsas. Festinamos el cochupo, pero nos indignamos cuando sabemos de casos de corrupción o de fraude. Que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre.

Dicen que el primer caso de cohecho en la historia de México lo protagonizaron el emperador Moctezuma y el conquistador Hernán Cortés, cuando el primero colmó de regalos de oro al extremeño para detener el avance de los peninsulares, quienes aceptaron el soborno, pero su codicia pudo más que un supuesto pacto de caballeros.

Los ibéricos no solo trajeron la viruela, sino el ADN de la corrupción, el cual ya recorre nuestras venas. Así, desde hace 500 años, los mexicanos recurrimos a la ilegalidad para obtener bienes o servicios, evadir trámites, adelantarnos en la “cola”, incumplir con leyes y reglamentos, sobornar a la autoridad. Hacemos todo lo que está en nuestras manos para joder al prójimo. Ese es, lamentablemente, nuestro parámetro de éxito, la medida del triunfo.

Una estampa muy cotidiana en la CDMX es la fama de Santo Domingo, portal donde se asentaban los “evangelistas” -escribanos que en máquinas mecánicas ayudaban a redactar cartas y a llenar oficios para trámites burocráticos o judiciales-, y los impresores de invitaciones para bautizos, XV años o bodas, quienes usaban las prensas planas u offset. Ambos oficios migraron a las computadoras y la impresión digital. Pero quedó perenne una práctica ilícita, la falsificación de documentos y facturas. En imprentas clandestinas se hacen títulos, cédulas profesionales, cartillas del Servicio Militar Nacional, actas de nacimiento, facturas de todo tipo de giro mercantil y ahora hasta pruebas Covid-19. Por quinientos pesos, los pregoneros de la calle de Brasil promueven este nuevo producto, con hoja membretada del laboratorio, firma del químico responsable y el tipo de resultado que uno desee. Documento apócrifo que sirve para engañar al jefe, a la oficina de Recursos Humanos o a instituciones de seguridad social.
Los mexicanos somos ingeniosos para la trampa, la ‘transa’, el engaño y nos ufanamos de ello. Cuánta gente no presenta antecedentes falsos para conseguir empleo, cuántos profesionistas no son egresados de la Universidad de Santo Domingo, cuántas veces no se justificaron viáticos de comisiones o giras de trabajo, cuántos certificados médicos o incapacidades acreditaron prolongadas ausencias de trabajadores y burócratas.
Desde niños, nos han enseñado a mentir, a sacar ventaja de la ilegalidad. Cuántos padres no pagaron con el doctor de la esquina los “falsificantes” médicos para justificar las inasistencias escolares.

Las vacunas contra el coronavirus no son la excepción. Gracias a los medios de comunicación y a las denuncias de personal de salud supimos de funcionarios que se valieron del cargo para vacunarse e inocular a sus familiares. También, se hizo público que ciudadanos comunes se presentaron tramposamente en otras alcaldías para ser vacunados sin vivir en esa demarcación.

El colmo es que ahora se comercializan lotes falsos o piratas del antígeno por internet. En un meme se parodia que en el Metro se venden las dosis. No está lejano el día en que eso suceda y se puedan conseguir también en tianguis o en Tepito.

Ahora que se avecinan los festejos de la inexacta fundación de Tenochtitlán y el bicentenario de la consumación de la Independencia, más que reivindicar nuestro origen azteca o reclamar una disculpa del Estado español y de la Iglesia Católica, el gobierno debiera convocarnos a una revolución social que sacuda desde los cimientos nuestra idiosincrasia para formar, en la legalidad, a mejores mexicanos. Tal vez nuestros genes no sean inexorables.

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/CR

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