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Nuestra derecha

Nuestra derecha

Columnas jueves 08 de octubre de 2020 - 01:27

Israel González Delgado

En México, ser de derecha siempre ha dado vergüenza. Por eso (y sólo por eso) considero positivo que exista FRENAA como un colectivo público (no podemos decir que sea organizado), porque ayuda a dibujar claramente los extremos de la geometría política mexicana, pues estoy convencido de que la derecha y la izquierda, de suyo, no significan nada, ni en términos cronológicos, ni espaciales.

Me explico: no es lo mismo ser de izquerda en la Francia de 1789 que en la Rusia de 1917, en el Brasil del 2000 o en Estados Unidos en 2020. Los jacobinos que cortaban la cabeza a los enemigos del pueblo, los primeros bolcheviques en el poder, los partidarios de Lula y de Bernie Sanders, se asumían todos de izquierda, y todos tenían razón. Lo interesante es que no tienen nada que ver entre sí, y la razón es obvia; la izquierda y la derecha no son coordenadas absolutas, sino relativas a lo que una comunidad y una cultura política considera el centro, en un momento histórico determinado.

En algunos países lo entienden bien, y lo aceptan de buen grado, en la conciencia de que en las personas ubicadas en los extremos son en el mejor de los casos impresentables (VOX, PODEMOS) y en el peor, fanáticos peligrosos (Nazis, estalinistas).

En México, empero, nuestra peculiar tradición revolucionaria pero pacifista, valiente pero culpígena, hace que ni el peor derechista aceptara la cruz de su parroquia, así le fuera la vida en ello. Todos se asumían de centro, o de izquierda (estos últimos, desde siempre, se apuñalan entre sí para demostrar quién es más); la ópera bufa del régimen priísta hacía que Cárdenas y López Mateos, Echeverría y Salinas, abanderaran los principios de una lucha campesina, proletaria y hasta de tintes marxistas, según hiciera falta, pero con cierto centro de gravedad que legitimaba esas pretensiones.

El sindicalismo, la reforma agraria, la gratuidad en la educación y la laicidad (hipócrita o no) como decisiones políticas fundamentales, definitivamente daban al Estado un tinte que difícilmente encuadra en la derecha tradicional europea o latinoamericana, que se identifica con el populismo peronista en Argentina o con las dictaduras militares. Pero siempre ha habido grupos cuyas ideas sí comulgan con un Estado confesional, con una oligarquía empresarial asistencialista o con una sociedad de castas disfrazadas de trabajo duro. Y los partidos que los representaban, como el PAN antes de 1986 o el PDM, se rehusaban a levantar la mano cuando se les calificaba de derechistas, y tiene que ver con todo lo anterior.

Hoy tenemos en el gobierno una izquierda sumamente tradicionalista, pero que se ha apropiado con éxito del discurso del progreso y la transformación, y en lo que respecta a las alternativas reales nacionales, esa es la izquierda. En el otro extremo, están estos personajes ignorantes, violentos, prepotentes pero muy católicos, volando como papalotes sus casas de campaña en el Zócalo. Ellos son nuestra derecha, le pese a quien le pese. Sería interesante descubrir qué está en nuestro centro.


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/CR

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