Postigo
Los presos políticos que han existido en México desde hace muchos años, aislados, morían de hambre y enfermedades en las mazmorras de los penales, han quedado en el pasado y a veces en el olvido. No por ello dejan de ser héroes y se convierten en referentes de una lucha social que mucho, contribuyeron a la transformación del país.
Su encarcelamiento era una salvación personal porque la intención del poder autoritario era el exterminio, su agonía un decreto. El delito de estos héroes consistía en tratar de enderezar la política imperante y colocarla dentro de la legalidad. Era el gobierno el que salía de los cauces de la justicia.
El latifundismo a ultranza, la explotación, las prebendas de jueces y magistrados, la práctica de la ilegalidad llegaba hasta el Presidente de la República, de cuya voz salía la orden de matar a algún enemigo político, todavía en fechas recientes. Ser preso político era una concesión del poder pero sobre todo una advertencia de terror para que su conducta rebelde no proliferara en la sociedad.
Los presos políticos de tres años a la fecha son diferentes, creados a la vieja usanza de la burocracia dorada, todos ellos con antecedentes de cargos públicos, con una serie de ilícitos a cuestas, a lo largo de su carrera, acostumbrados a ser intocables, se autodenominan presos políticos cuando llega a advertirse algún delito de corrupción o de autoritarismo. Es entonces cuando surge la necesidad de denunciar la violación a sus derechos humanos y así lo dicen como si la gente no tuviera memoria.
Ejemplos hay muchos, basta y sobra con que hayan trabajado en el gobierno o militen en algún partido político para que el delincuente se cubra de gloria y diga que es un preso de conciencia, como si la tuvieran.
Los panistas, por ejemplo, más cercanos al delito que de la heroicidad, suelen autodenominarse como perseguidos políticos, los priistas, no se diga, los emecistas, tienen un líder que se dice ex preso político y todo aquel que quieren defender lo colocan en un grupo que designan, por decreto, preso político, aunque se trate de un ladrón de siete suelas.
Las anteriores administraciones públicas estuvieron saturadas de ilícitos de sus funcionarios públicos, todos ellos pertenecientes a algún partido político. Esto todo lo saben; sin embargo, extraviaron la visión de la población a grado tal que parecieran ignorar que los conocen y muy bien. Ya no son torturados, ahora los torturan sus recuerdos. No son pobres, mucho menos miserables, son millonarios.
Los autodenominados presos políticos de hoy, se asemejan a los ingenuos alquimistas de la Edad Media que querían convertir el cobre en oro, a la primera exhibida enseñaban el cobre. Ahora quieren convertir el delito en impunidad y a la primera denuncia exhiben el delito.