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Ostracismo

Ostracismo

Columnas viernes 04 de octubre de 2024 -

Para Ale

El General Cárdenas fue por años, secretario personal del General Calles, quién lo creía torpe y fácil de manipular, dado su carácter aparentemente dócil y callado. A su padrino político, quien observó en él otro elemento manipulable, se le olvidó la cercanía que el michoacano tenía con el otrora embajador en Brasil y en Alemania, Don Pascual Ortiz Rubio, cuyo maltrato aleccionó a un Cárdenas puesto en guardia frente a las artimañas del autoritario sonorense.

Saber callar, es una de las recomendaciones fundamentales de la prudencia política. Una virtud recomendada por Séneca y Cicerón, que no se parece en nada a la cobardía. El cobarde, aterrorizado, se parapeta en sus toneladas de espanto, o se guarece en medio de los privilegios del conformista que, encapsulado en su bien, apuesta por hacerse de la vista gorda ante lo que incluso pueda destrozar a su país. El cobarde, abyecto, jamás verá la oportunidad de salir de su mutismo (aparente) y arrojar en un avión rumbo a California, al otrora déspota que ese sí, héroe de los campos de batalla y con la visión de un constructor de instituciones, se convertía en un fardo ante el ejercicio de poder de quién no podía sobrevivir bajo la sombra del carismático caudillo, como ya lo había atestiguado durante el limitado gobierno de un Ortiz Rubio amordazado por la estructura que, cual grillete, se le impuso.

Para que “el que despache no sea el de Palacio y el que gobierne viva enfrente”, patear al mentor es algo así como la máxima nietzscheana de construir sobre las cenizas, y que ya que el autócrata, inspirado y envalentonado con sus triunfos no se convierta en un estorbo, el ostracismo sea lo más conveniente. El término “ostracismo”, usado en la Antigua Grecia, era más una precaución que un vil gesto de traición. Cualquier sujeto que acumulaba un importante capital político, militar o económico -o todos juntos-, que desequilibraran el poder de la póleis, en una sesión en la Asamblea del Pueblo, se hacía una peculiar votación: el nombre del potentado desestabilizador se escribía en una ostra, si la mayoría de los representantes del pueblo hacían la inscripción y alcanzaba la mayoría de votos, ese personaje, como un triste Edipo alojado en Atenas, se le exiliaba.

El ostracismo fue lo que a su manera Cárdenas le concedió a su Maestro. Es curioso que la izquierda mexicana, en su idealización siempre magnificada del personaje, revolcándose con supina alegría con esas narrativas monumentales de la historia, siempre pase por alto detalles realistas que transgreden su innata tendencia hacia la magnanimidad mentirosa: el ostracismo al maestro para construir sobre las cenizas fue la única posibilidad para que Cárdenas fuera para la posteridad, lo que muchos quisieran para su mediocre presente.


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