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Parece que no aprendemos

Parece que no aprendemos

Columnas viernes 30 de octubre de 2020 - 01:08

La pandemia que padecemos evidenció la fragilidad del mexicano para adaptarse a una nueva realidad social; no aceptamos ni aplicamos las normas sanitarias necesarias para enfrentar a este enemigo silencioso y mortal que invade el organismo sin que la ciencia pueda combatirlo.

Un fantasma recorre Europa y también México, es el fantasma del coronavirus, enfermedad para la que aún no hay cura, por lo que debiéramos alentar la cultura de la prevención y aprender a vivir con nuevos esquemas de comportamiento en comunidad.

En el Viejo Continente experimentan un drástico rebrote del Covid-19 que los obligó, otra vez, al confinamiento forzoso, al cierre de locales, al paro de actividades, al toque de queda, a la observancia estricta de medidas sanitarias y al mea culpa de estadísticas como Emmanuel Macron y Angela Merkel por el fracaso de sus políticas de salud pública y las nulas expectativas para revertir una profunda crisis económica. Nosotros todavía no domamos la primera oleada y ya tenemos un repunte que amenaza con regresarnos al semáforo rojo en casi toda la República; también aquí se cuestiona una tardía estrategia epidemiológica y el rechazo oficial a reconocer los efectos desastrosos de esta epidemia. No aprendimos la lección de los europeos, tampoco ellos.

Aunque nos adaptamos rápidamente al home office, a la educación a distancia, al e-comercio, a los espectáculos virtuales, a la lectura de los e-books, a recibir la comida mediante aplicaciones y casi aprendíamos a relacionarnos mediante reuniones por Zoom, el internet fracasó como primera línea de contención contra este flagelo mundial. La condición humana es impredecible.

Alentados por la aparente disminución de los decesos en la curva epidemiológica allende el Atlántico y con el anuncio esperanzador —pero lejano— del descubrimiento de la vacuna milagrosa en varios laboratorios transnacionales, empezó el relajamiento social. Así es nuestra naturaleza.

La idiosincrasia del mexicano, basada en el valemadrismo, sacó rápidamente a la población de sus casas, la gente abandonó la sana distancia y desechó el cubrebocas, el gel y el lavado de manos. Volvió el público a los estadios, se anunciaron y asistieron a eventos artísticos y sociales en locales cerrados, los tianguis funcionan sin medidas sanitarias ni sana distancia y en el trasporte público ni se diga. Las consecuencias están a la vista: hospitales saturados, escasez de equipo y medicamentos, enfermos condenados a morir en sus casas sin atención adecuada y negados en las estadísticas. Para la próxima semana, habrá 95 mil mexicanos muertos y contando.

Tomemos conciencia de que esta pandemia no terminará pronto; es más, aprendamos a vivir con ella, porque se convertirá en una enfermedad endémica como la influenza. En 2009, enfrentamos a duras penas el virus del H1N1, el cual se pudo contralar hasta 2011 y ahora tenemos que vacunarnos cada año para evitar su contagio.

Estamos a tiempo de evitar que el destino nos alcance. Recordemos que la gripa española, a principios del siglo XX, acabó con más de 60 millones de seres humanos y fue antesala de la peor crisis económica mundial, conocida como el crack financiero de 1929; ninguna teoría económica pudo evitar esa catástrofe. Parece que no aprendemos.

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/CR

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