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Columnas
Muchos están diciendo que “MORENA es el nuevo PRI”. Pretenda eso ser un insulto o un cumplido, es falso y simplista, porque ambos son productos de su tiempo. El PRI fue el primer mecanismo institucional diseñado deliberadamente para meter la lucha por el poder en cauces institucionales. Antes de eso, sólo habían cumplido esa finalidad el ejército y las logias masónicas, en distintos periodos. Naturalmente lo cumplieron de forma deficiente, porque no estaban diseñadas para eso.
El PNR logró, con un grado elevadísimo de éxito, que los hombres fuertes locales, inherentes al ejercicio del poder en México desde siempre, aceptaran una serie de reglas que, crueles o no, marcaban inadmisible el uso de las armas para rebelarse contra una decisión política. Las 3 características principales del PRI fueron la disciplina, la inclusión entendida como lo hace la realpolitik (no la política identitaria) y el culto a la personalidad del presidente de la República, mientras lo fuera. Esto último no era fanatismo, sino cálculo, porque garantizaba el respeto de las decisiones que venían de arriba; la segunda implicaba corporativismo electoral y clientelar a gran escala (CTM, CNC, CNOP), y la primera, muy ligada a la no reelección de presidentes y gobernadores, permitía la rotación de las élites y la canalización adecuada de premios, castigos y venganzas como parte del sistema. MORENA no es nada de esto, de entrada, porque México ya no es el país del PRI, ni es probable que pueda volver a serlo.
MORENA es un movimiento partidista, fiel reflejo de su época, donde los partidos tradicionales carecen de toda credibilidad. Fue el vehículo mediante el cual pudo ascender sin negociación interna alguna, una figura carismática y con enorme conocimiento del electorado mexicano. Desde su creación fue un vehículo ideológico, ligado a una persona específica, y en ese sentido, el legado que pretende conservar es el de esa persona, como los partidos peronistas en Argentina o varguistas en Brasil.
Los gobiernos representan a todos los habitantes de una comunidad política, los hayan elegido o no. Por eso el poder público se somete a un marco normativo riguroso y por eso la selectividad en el respeto a los derechos es el rasgo que más distingue a un déspota de cualquier oro tipo de gobernante. Los partidos representan a sus militantes y, en menor grado, a sus simpatizantes. Son plataformas ideológicas con un sesgo claro, y es ese sesgo el que les permite distinguirse de los otros partidos. En todo caso es el pragmatismo en la operación, la inclusión de opositores y los pactos de mero cálculo aritmético lo que es antinatural en un partido. No es un tema solo moral, insisto: es un tema de ontología de los partidos y los gobiernos, que no pueden equipararse.
Es común que los partidos acaben en manos, al menos por épocas, de familias o clanes. Y no en México, sino en el mundo. Y no hoy, siempre. Lo que pasa es que a nadie le importó que Álvaro Pérez Treviño fuera candidato del PARM por tener el apellido de su abuelo, o que Marcela Lombardo hiciera lo propio en el PPS. Se supone que es en los partidos donde los argumentos de pureza ideológica, historia familiar y cosas semejantes tienen alguna validez.
La separación es difícil, y es un tema de grado, también porque los electores esperan que el gobierno elegido lleve a cabo un tipo de acciones y no otras, sea “congruente” con la retórica que lo llevó al triunfo y que implica oposición clara a otros partidos, en fin, la congruencia hacia los votantes y la responsabilidad hacia los ciudadanos es más clara en la teoría que en la práctica. Lo que es un hecho es que debe permanecer siempre esa distinción, porque donde no la hay es en los Estados totalitarios, como ocurre con el Partido Comunista en los regímenes de ese corte, porque se asume que sólo un partido puede defender el interés del pueblo, y los otros son ilegítimos.
Y para cerrar con otro elemento de complejidad, es donde entra la Ley de Hierro de la Oligarquía de Robert Michels. El sociólogo alemán descubrió, observando distintos partidos, pero también otro tipo de asociaciones, que la organización de cualquier sistema siempre conlleva una tendencia aristocrática u oligárquica, porque la organización para la acción colectiva es lo que permite a ese movimiento específico prevalecer sobre los otros, y eso requiere dirección; la dirección es por fuerza la decisión de pocos sobre muchos, que deben ejecutarla. Por ello incluso los partidos más democráticos - dice Michels -, pueden defender la democracia hacia fuera, pero hacia dentro serán por fuerza oligárquicos, si quieren seguir existiendo. Pero eso es lo que dice Michels, no yo.