La frase “construcción de paz” se convirtió en mantra en el debate público en México: gobierno, sociedad y academia la usa de manera indistinta como eufemismo de seguridad y justicia, o para justificar la militarización del país. Pero para hablar en serio de “construcción de paz”, necesariamente debe mencionarse el fortalecimiento de las capacidades institucionales del Estado mexicano; no sólo para perseguir y sancionar a la criminalidad, sino también para ofrecer bienes y servicios a la población, como educación y salud; rubros en los que lamentablemente estamos muy lejos de mejorar.
Por ejemplo, en educación, en los últimos años el desorden administrativo en la Secretaría de Educación Pública con tres secretarios en cuatro años de gestión, el empoderamiento de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, más los efectos de la pandemia y la entronización de una política educativa de culto a la personalidad alejan cada día a millones de infantes y adolescentes de una expectativa de educación de calidad.
En el otro extremo, la comunidad científica en México resiente las reformas al Sistema Nacional de Investigadores (SNI), que han cambiado las reglas del juego cuatro veces en cuatro años, subordinando la investigación científica en nuestro país a las filias y fobias de la clase gobernante, por ejemplo, expulsando del SNI al personal científico que labora en las instituciones privadas. La prioridad en este último cuatrienio no ha sido la generación de conocimiento que pueda ser patentado internacionalmente y que permita competir en el escenario global, sino el control, la subordinación y la obediencia. Construyendo paz para administrar la pobreza y la ignorancia.
En salud, las cosas pintan de mal en peor. Luego de constantes denuncias documentadas de corrupción sistémica en las contrataciones y procesos, cuatro años después no se ha normalizado la entrega de medicamentos en instituciones públicas. México fue campeón mundial en personal de salud muerto durante la pandemia por carecer de insumos médicos para protegerlos. Su muerte evitable es una tragedia para sus familias y una pérdida irreparable para la sociedad. Nos hemos acostumbrado a que no existan medicinas en los centros de salud, a que busquemos desesperadamente vacunas de refuerzo contra el Covid o la influenza; cuando en el pasado cercano, era común ver en las calles y espacios públicos al personal de salud que ofrecía vacunas. Construyendo paz de los cementerios.
Así hemos normalizado un discurso de “construcción de paz”, sin educación, ni salud, ni mucho menos justicia; en la que pareciera que la búsqueda cotidiana del sustento nubla todo actuar cívico colectivo. No puede haber Estado sin instituciones, ni mucho menos sin ciudadanía activa y participativa, que vea tanto por el interés público como por el beneficio individual. Nuestro sistema educativo y social han generado una cultura cívica muy pobre de los asuntos públicos que sólo se sensibiliza si somos víctimas directas. Esta paz es imposible.