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Pido la palabra

Pido la palabra

Columnas lunes 15 de marzo de 2021 -

Por Benjamín Barajas

El lenguaje, en sus diversas variedades y capacidades de uso, es común a todas las especies animales y sirve para emitir mensajes y comunicarse; desde luego, los códigos más elaborados y complejos corresponden a los mamíferos, entre los que destacan los homínidos, los cetáceos y el homo sapiens.

El lenguaje es un medio de interacción y cohesión social porque provee a los individuos, especialmente a los humanos, de identidad y pertenencia a un universo de signos, símbolos, prácticas y rituales que suelen aparecer en las manifestaciones culturales, que conforman una visión del mundo global y personal.

Pero en los hombres y las mujeres, al impulso innato de comunicación, se agrega otro de carácter artificial que se ha construido sobre la base de la complejidad de las estructuras sociales. En este contexto, puede situarse la escritura, que traduce en signos abstractos el habla, la cual, a su vez, había sido el sustento de la oralidad humana en los tiempos prehistóricos.

El nacimiento de la escritura implica la aparición de una nueva casta social, la de los sacerdotes, magos o escribas, quienes poseen un conocimiento casi mágico e inaccesible a la gran masa iletrada de pastores, campesinos y orfebres, sujetos a la fascinación, la idolatría y el dogma, y convertidos, por la fuerza de la fantasía en adoradores del libro, de la voz encerrada en la piedra, el papiro o el papel.

En las sociedades antiguas resplandece la escritura como una obra de arte, propia de los iniciados en el misterio de los trazos, de su elegancia, color y líneas sinuosas, como se advierte especialmente en china, Mesoamérica y entre los copistas medievales, quienes combinaron, de manera magistral, las ilustraciones coloridas con los cuerpos abstractos de las letras, para deleite de los pocos lectores que podían gozar de las historias sacras, aderezadas con demonios y dragones.
La escritura, en su origen y buena parte de su desarrollo posterior, corresponde a las élites, incluso los fenicios que le inyectaron un carácter mercantil no lograron popularizarla, porque lo natural, entre hombres y mujeres, es hablar, no escribir. De modo que los programas de alfabetización pasados y presentes siempre se han enfrentado a este problema esencial: cómo traducir la lengua hablada a la lengua escrita. Sobre el anterior dilema “hablaremos” en la próxima entrega.


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