Yo soy un fanático del siglo XX, especialmente de sus últimas 3 décadas. Me encanta la música, las películas, los libros y en general, la cultura popular de aquel tiempo. Sin embargo, no esperaba que sus problemas se volvieran el tema de la agenda política de 2022. Hoy los titulares los ocupan, con su inevitable barniz internetoso y arrogante, la desinformación sobre la salud, enfrentamientos entre ciudadanos y policías en Europa, tensiones militares entre Estados Unidos y Rusia (WTF?), y volatilidad de los precios del petróleo, por motivos políticos que se explican como económicos, para no alarmar a los consultores millenials.
Pero resulta que este es otro mundo, y las crisis, aunque sean de la misma cepa, tienen efectos distintos. El primer tema, el de la salud, ha exhibido el surrealismo de un nacionalismo más vigente que nunca, de fronteras rígidas, cuando se suponía que el mundo ya era horizontal y abierto. En los países de bajo ingreso (México no es uno, por cierto), la vacunación contra el COVID tiene tasas menores al 10%, y en los países que acapararon las vacunas (porque eso hicieron, fuera máscaras), los gobiernos tienen que otorgar beneficios económicos a sus ciudadanos que rehúsan la vacunación por motivos tan esquizoides que harían sonrojar a Tyler Durden. Esos son los que optan por el convencimiento, porque los defensores del control social, ya se encuentran arrestando personas sin vacunar por denuncias anónimas de los vecinos, como en tiempos de la policía secreta (Australia), o enfrentando a la policía y a los ciudadanos a golpes en manifestaciones callejeras (Bélgica). Creo que todos los gobiernos aprenderán, así sea por la mala, que es imposible imponer restricciones a las libertades básicas de las personas por tanto tiempo; es más, aventuro que luego de esta pandemia el Estado, en general, habrá agotado sus reservas de legitimidad coercitiva por mucho tiempo, y no le quedará otra más que convencer por las buenas, construyendo autoridad y no amenazando con violencia. Y quizás sea este escepticismo patológico de la ciudadanía lo que frene, involuntariamente, a los nuevos fascismos, que se alimentan de miedo y obediencia ciega ante una amenaza socialmente reconocida (los autoritarismos siempre te reprimen por tu bien, en su lógica), por eso necesitan un estado de emergencia permanente, que lo justifique todo y equipare la disidencia a la traición, como en plaza sitiada.
A nivel doméstico, esto se ha traducido en una narrativa predecible. La nueva ponderación del semáforo, focalizado en hospitalizaciones y no en contagios, trata de evitar la saturación de hospitales y trasladar a los ciudadanos la responsabilidad de disminuir el riesgo a través de cuidados personales, además de asumir que, a diferencia de la primera ola, ahora existe tanto vacuna como tratamiento para el Covid. Esta evolución es natural. Recordemos que desde el inicio de la pandemia, se advirtió que las medidas gubernamentales no se trataban de erradicar el virus (que era imposible) sino de evitar la saturación de hospitales. La famosa curva aplanada que hoy nadie recuerda, era una meseta larga que ayudaría a distribuir las hospitalizaciones en el tiempo, no a evitarlas ni a reducirlas en números absolutos. Por otra parte, esto hará que los medios de comunicación dejen de poner en perspectiva las muertes (simplemente seguirán publicando las muertes acumuladas totales, que siempre aumentan porque los muertos no reviven) y pongan su énfasis en el número de contagios, contando, por supuesto, a los asintomáticos, y equiparando todos a “enfermos”. Porque lo que muchos quieren es que se acabe la pandemia, pero que no se agote el tema. Es complicado.