Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/Uk4TVFbEMjs?si=zSWGGK63FMqHYdbL
La pornografía en la red social X no es un fenómeno aislado ni anecdótico; es, más bien, el síntoma visible de una plataforma que ha renunciado a cualquier frontera entre la libertad de expresión y la desregulación del contenido. Basta con recorrer el muro personal para constatarlo: una imagen sugerente de una celebridad, otra fotografía (Dua Lipa, Margot Robbie…) con estética sensual, una más que aparenta inocencia publicitaria, y de pronto, sin advertencia ni consentimiento, un video pornográfico explícito que invade la pantalla durante varios minutos. La reacción inmediata no es el morbo, sino la sospecha: ¿estafa?, ¿virus?, ¿manipulación algorítmica? Cierras la aplicación, se vuelve a abrir, y el ciclo se repite con persistencia. Bloqueas algunas cuentas, pero no puedes bloquearlas todas.
Este escenario revela una transformación profunda de X. Ya no se trata únicamente de la red más tóxica en términos de confrontación política, desinformación o polarización ideológica; se ha convertido también en un espacio donde el contenido sexual circula sin filtros visibles y, peor aún, sin mediación ética. Las investigaciones abiertas en países europeos por la generación de imágenes sexuales mediante inteligencia artificial Glock muestran que el problema rebasa la anécdota individual y se instala en el terreno de la responsabilidad corporativa y regulatoria. Cuando una plataforma tecnológica permite —por acción u omisión— la difusión masiva de pornografía no solicitada, deja de ser un simple intermediario neutral.
Conviene subrayarlo: cuestionar esta situación no implica mojigatería ni censura moral. La existencia de plataformas especializadas en contenido sexual, Only Fans, donde el acceso depende de una decisión informada e incluso de un pago voluntario, demuestra que la libertad individual puede coexistir con reglas claras. El problema en X es distinto: la exposición involuntaria, la opacidad algorítmica y la facilidad con la que menores de edad pueden falsificar identidades para acceder a material que no debería aparecer en un espacio público digital sin advertencias previas.
La discusión de fondo es política, no moral. ¿Qué tipo de espacio público queremos en la era digital? Si las redes sociales sustituyen cada vez más a la plaza pública, al periódico y al foro democrático, entonces su regulación deja de ser un asunto privado. Permitir que la lógica del clic, del escándalo y del comercio sexual gobierne el flujo de información implica normalizar una cultura donde todo se consume y nada se responsabiliza.
X aún está a tiempo de corregir el rumbo: advertencias explícitas, controles parentales reales, consentimiento previo para contenido sensible y límites claros a la inteligencia artificial sexualizada. No se trata de prohibir, sino de elegir. Porque la libertad digital, sin reglas mínimas de convivencia, termina pareciéndose demasiado al desorden. Y en el desorden, siempre pierden los mismos: los usuarios, las infancias y la propia idea de comunidad.
Eso pienso yo. Usted qué opina. La política es de bronce.