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Poteito/Potato: es igual

Poteito/Potato: es igual

Columnas jueves 25 de julio de 2024 -

Estados Unidos es el ejemplo de muchas cosas desagradables: normalización de la desigualdad, paranoia existencial, guerra preventiva, complejo mesiánico, desprecio al extranjero, incultura orgullosa, idolatría de la frivolidad, y muchas otras que agotarían nuestro espacio con el puro catálogo. Pero también son el país que hizo viable el gobierno constitucional y la democracia representativa moderna. A la Francia revolucionaria siguió el terror, no la fraternidad, y la Grecia antigua no era un modelo exportable para el Estado nación del siglo XVIII. Al tratar de separarse todo lo posible, por diseño, del régimen monárquico del que se habían independizado, las colonias inglesas pusieron los cimientos de las instituciones electorales y democráticas que se han ido ampliando a través de los siglos. Cuando Tocqueville visitó ese país, constató la tendencia de quienes lo habitaban de crear asociaciones intermedias, entre el ciudadano y el gobierno, lo que a su vez enriquece la participación en la vida cívica, y hasta hoy es, en donde las hay, el primer dique de contención de la embriaguez populista.

Además, a partir de la Segunda Guerra Mundial es un escaparate político y económico para el mundo, porque lo que ahí se cree o se piensa, suele tener impacto en el resto del planeta, por las buenas o por las malas. Es en este contexto donde ocurrió el atentado contra el candidato del partido republicano, Donald Trump. EU no es ajeno tampoco a los atentados políticos, ni a los asesinatos de alto perfil público. De hecho, los casos de Lincoln y Kennedy son tristemente célebres, pero también mostraron la fortaleza de las estructuras estadounidenses. En otros países, el asesinato de un presidente desata el caos a niveles de guerra civil (véase Haití en el presente, para no ir más lejos), pero el vecino del norte mantuvo su crisis, sin duda seria, contenida dentro de los márgenes de la legalidad. Y al final, para eso están las instituciones, para poner límites a la arbitrariedad, a la fuerza y al descontrol que de forma natural ocurre dentro de las sociedades.

Paradójicamente, como mexicano, lo que me parece menos relevante es si la intención de voto por Donald Trump subió mucho a raíz del atentado. El sistema bipartidista y de federalismo robusto en Estados Unidos ha permanecido incólume porque resiste, y resiste porque funciona; en una comunidad política tan pragmática como la norteamericana no podría ser de otra manera. Si bien es cierto que hay cosas del mismo que nos parecen surrealistas (como que un candidato pueda ganar el voto popular y perder la elección, como Hillary Clinton en 2016), porque el voto de los ciudadanos de un estado cuente más que de otro, también es cierto que las reglas han favorecido a los dos partidos a lo largo de la historia, en momentos determinados. El respeto a la ley, y la reputación de la que goza el poder judicial, además, explican que durante tantos años el país más bélico del mundo haya mantenido los pleitos en cualquier otra latitud, lejos de sus fronteras, porque no han tenido asonadas, cuartelazos, traiciones de algún vicepresidente ni intento de los presidentes de reelegirse hasta que se mueran. El incidente del capitolio luego de la elección de 2020 fue, sin duda, imprecedente y delicado, pero nadie que conozca la historia de Latinoamérica lo tomará demasiado en serio como tentativa de golpe de Estado.

México es un país, como ha dicho Sánchez Villa en una frase (hoy famosa), “muy lejos de Dios y muy cerca de Estados Unidos”. Dramatismos aparte, México nunca estará seguro a menos que EU se sienta seguro; por otra parte, nuestro país ya es un componente esencial de la economía de ellos. Así que la relación, por fuerza, es hoy mas simbiótica que en el pasado, menos de imposición y más de negociación. Claro que EU sigue teniendo la sartén por el mango, pero México está lejos de ser un sirviente incondicional ni mucho menos. De hecho, el papel que jugó este gobierno en la negociación de los recortes petroleros durante la pandemia, y en la re-negociación del T-MEC, por citar dos ejemplos, hubiera sido impensable en la década de los ochenta. A cambio, México endureció las políticas migratorias y se constituyó en un muro de facto en su frontera sur. Pero esta exigencia de los Estados Unidos no cambió con la presidencia de Biden, lo que nos dice la nota esencial de lo que nos debería importar: la agenda básica de los Estados Unidos en materia de política exterior, no varía demasiado respecto a México sin importar qué partido gane. Quienes deberían estar nerviosos por el posible triunfo del republicano son los europeos, que llevan mucho tiempo sentándose en la mesa de los ricos y yendo al baño a la hora que llega la cuenta. Veremos.


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