La permanente reafirmación de algún símbolo, no solamente expresa su fortaleza y credibilidad dentro del imaginario de una población, también es una clara señal de debilitamiento, decadencia y descrédito, parecida a la saturación de carteles propagandísticos dominando el espacio público, llenando de basura el sitio por el que la ciudadanía transita cotidianamente invisibilizando semejante aparato, siendo el justo coste ante el abuso de lo simbólico.
Quienes crean que, al poner su feo rostro en cada poste, en cada árbol, en cada puente y cada cloaca, logrará pervivir en la memoria de un ciudadano por arte de magia, reconociendo inexistentes atributos en el sujeto expuesto, se equivoca. El desprecio al personaje solamente es proporcional a la montaña de basura generada, renovada diariamente por cuadrillas de jóvenes quienes muy de mañana embadurnan de engrudo cartel tras cartel para que no sean arrancados de sus sitiales, demostrando lo decadente de una publicidad sucia que debe tapar continuamente los huecos, las pintadas de cuernos, dientes negros, escupitajos, mentadas de madre y rajaduras del rostro del milenarista líder, expuesto diariamente a las frustraciones de una sociedad que ya comienza a tomar conciencia de saberse engañada.
Reafirmando a la mitad del periodo de gobierno, una campaña masiva que recuerde a la sociedad la presencia del sempiterno personaje que a diario marca la agenda con ocurrencias e insultos, lo arroja a un empalague de su figura que más que parecer la del líder demócrata y moderno, lo degrada a dictador militar musulmán que por más que pusiera sus jetas en cada pared, jamás garantizó que su sonrisa hipócrita, obtuviera la suficiente lealtad de una sociedad envuelta en la violencia; aterrorizada con fatales notas de homicidios a periodistas y el incremento de la presencia del crimen organizado.
No por protagonizar la nota roja diariamente, transmutan mágicamente en personajes reivindicados en la mente de personas trabajadoras que se ganan la vida con esfuerzo, honestidad y respeto, que es esa que debe de soportar su estancamiento salarial y el incremento del escrutinio fiscal a sus lastimados sueldos de clase media, la que aporta buena parte del recurso humano educado y el beneficio económico hacia ese símbolo incrustado en carteles de aquel que los insulta con manifiesta alegría, para dizque quedar bien con la base electoral que se desencanta del carisma empalagoso de un muégano que de tanta miel se le pegan las moscas.
Una sociedad libre requiere pensamiento crítico para entender por quién sí debe de ejercer su sufragio y cuando no someterse a caprichos inconstitucionales, en medio de la depredación institucional que apuesta por la opacidad, pero descuida completamente los beneficios de la apuesta ciudadana, en pos de la más envilecida y mantenida clientela.