Una vez que el autoritarismo de los gobiernos latinoamericanos se aleja en la historia del continente, los pueblos originarios hacen escuchar su voz y exigen su derecho a participar en las decisiones de sus gobiernos. Producto de su diaria resistencia a rechazar el yugo del neoliberalismo, los pueblos originarios son historia presente, pero rechazan ser parte del pasado en la vida social y política de sus naciones.
Los pueblos originarios cobran conciencia de sus raíces, y los mestizos los acompañan en otro intento. El resto, cercanos en el pensamiento a la monarquía pero lejanos en sus privilegios, reniegan de las raíces y evocan hasta la Inquisición del extranjero.
La participación política de los pueblos originarios, encuentran el tiempo perdido, colocan a sus líderes en cargos públicos, pero no recobran lo extraviado en cinco siglos de represión. Somos la misma lucha social con orígenes similares y destinos iguales.
Han perdido mitos y rituales, valores culturales a lo largo de estos siglos de segregación. Su camino por el tiempo estaba al borde del olvido, a punto de la asfixia de la desmemoria vergonzante. Su acervo se ha desgastado por el castigo del tiempo y la soberbia de quien se dijo superior.
Salvar su cultura para nutrir la historia es una necesidad urgente para salvar el futuro. Abrimos la percepción para escuchar la voz la historia exhumando a sus dioses y su cultura, como si la autopsia pudiera señalar al homicida. No por distribuir las culpas entre los presentes el delito es menor. Aprendemos historia y la conciencia se expande al tiempo sin años con el compromiso latiendo más fuerte y profundo. Es tiempo de la unidad latinoamericana, para que nos una el pasado y el futuro y nos ayudemos a reconocernos en los tiempos del destino.
Las diferencias entre los pueblos de Latinoamérica las encontramos en la imposición de los conquistadores, en las justificaciones de los colonialistas, en los credos de los esclavistas. Las diferencias no son propias. El presente debe servir para advertir lo extraño que invade la comunión con los hermanos. Ni siquiera el idioma nos separa, nos dividió el invasor y lo sigue haciendo.
Ellos no llegan a la política, ellos estaban aquí cuando otros llegaron. Porque son más fuertes, se adaptaron y los débiles ante la imposibilidad de acoplarse impusieron por la fuerza la sinrazón de sus criterios. Ellos son los que nos unen en hermandad y serán también quienes desde la historia tiendan los puentes sólidos de la unidad latinoamericana que es su tierra y su historia desde hace siglos.
A los latinoamericanos no sólo nos unen los pueblos originarios que son nuestros antepasados también nos hermana el sacrificio de la pobreza, compartimos el color de la tierra que pisamos, la lacerante represión de los tiempos idos y la cosmogonía de la esperanza.