La situación se ha vuelto precaria para Putin en Ucrania, por eso ahora recurre al chantaje nuclear: “Cuando la integridad territorial de nuestro país se vea amenazada, ciertamente usaremos todos los medios a nuestra disposición, y esto no es un farol”. Políticos y expertos en temas de defensa describen este amago como eso: un farol. Pero el jefe del Kremlin ya no lucha solo por el prestigio imperial y las esferas de influencia, sino por su supervivencia misma. Eso hace a la situación actual tan peligrosa. Un ataque con armas nucleares estratégicas podría ser descartable justo porque para el propio Putin sería suicida. La alternativa trágicamente concebible es el uso de bombas nucleares tácticas para destruir alguna base militar o un aglutinamiento de tropa. Con ello, piensan algunos, se fortalecerían las voces de quienes piden negociaciones a cualquier precio. Pero las consecuencias para el dictador ruso serían catastróficas.
En realidad, un ataque de esta naturaleza sería inútil y contraproducente para Rusia. Si Putin lanzara una bomba nuclear táctica sobre las tropas ucranianas en el frente la brecha resultante no podría ser explotada porque toda el área quedaría irradiada. La situación se mantendría sin cambios.
También Estados Unidos podría iniciar un embate convencional masivo como respuesta. Asimismo, Occidente podría armar aún más a los ucranianos con lanzadores de misiles adicionales de mediano alcance, bombas inteligentes, misiles supersónicos y todo tipo de armas tácticas de última generación. ¿Y cómo reaccionaría el mundo si Rusia destruye una ciudad? Sin duda provocaría la ira de la OTAN, la ONU y el casi todo el resto del mundo. Incluso China ha advertido contra de ese inaceptable escenario.
Por estas razones, y como lo hemos visto en las últimas horas, Putin no ha agotado sus opciones de escalada no nuclear. Blandiendo el bombazo en el puente de Kerch como pretexto ordenó un ataque de misiles masivo para tratar de aniquilar a las infraestructuras civiles ucranianas. Incluso han sido golpeadas zonas residenciales en Kiev. También está obligando al dictador Lukashenko de Bielorrusia a apoyarlo. Pero los recursos militares rusos son exiguos. Según la inteligencia británica su arsenal de misiles guiados de precisión es limitado. Además, de continuar los ataques a la población civil la escalada también sería inevitable. Por cierto, ello constituye un flagrante crimen de guerra. Ya 45 naciones reúnen evidencias y aportan recursos para ayudar en las investigaciones de la Corte Penal Internacional. Quedaría la estrategia de empantanar el conflicto y tratar de doblegar a Occidente con el agravamiento de la crisis energética, pero Rusia no podría ganar una guerra económica demasiado prolongada. La inflación también perjudica a los rusos. Por eso nadie puede predecir hasta donde podría llegar una espiral descabellada. La “lógica” de los conflictos militares es muy ilógica