Nada nuevo ni sorprendente es que un diputado o senador cambie de camiseta o de grupo parlamentario, así que nadie se corte las venas ni se desgarre las vestiduras, tampoco amenace con darle de chingadazos al que lo haga, es parte del juego político, lo consigna la historia legislativa, no solo en México sino en muchos países.
Hay quienes ganan una diputación o senaduría por determinado partido y terminan por incorporarse a otro. Los que se han conservado en una misma organización toda su vida, son especímenes raros en estos tiempos. Suman legión los que han militado en más de un partido.
Tampoco debe extrañar que en momentos claves decidan pasarse a otra bancada para alcanzar la mayoría calificada que exige la ley en cambios constitucionales o ratificación de nombramientos.
La Constitución se ha reformado en más de 200 ocasiones y los de flaca memoria olvidan que en muchas ocasiones opositores de distintos partidos se han alineado con el grupo mayoritario.
¿A cambio de qué o por qué se cambian de camiseta?
Existen muchos motivos: puede ser porque ya no están conformes con el actuar de sus líderes, también porque les ofrecieron una posición y no les cumplieron, por presiones o por dinero. Cada caso es distinto. Hay quienes compiten con un color por una diputación o senaduría y ya en el ejercicio se cambian y terminan hablando pestes del que los postuló para el Congreso.
Hay opositores que deciden apoyar las propuestas del grupo mayoritario simple y sencillamente porque reconocen las bondades de las reformas a distintas leyes o cambios a la Constitución
Para quien decidió votar por la reforma al poder judicial el mejor argumento es que atiende al clamor popular.
De eso no hay duda, durante la campaña de la ahora presidenta electa Claudia Sheinbaum se consultó al pueblo si estaba de acuerdo con reformar al poder judicial y elegir a los juzgadores.
La respuesta mayoritaria fue afirmativa.
La gente está harta de la corrupción del poder judicial, de su nepotismo, de su parcialidad y falsa independencia, de sus privilegios e ingresos millonarios, de sus fabulosas compensaciones, no de los trabajadores o empleados de base, sino de los que están arriba, de los ministros, magistrados y jueces, que siguen ganando más que el presidente a pesar de que la ley ordena lo contrario.
En el Senado, por semanas la discusión se ha centrado si Morena y sus aliados alcanzarían la mayoría calificada, porque para tenerla, les faltaba un senador o senadora.
Y ese senador tendría que ser de la oposición y los opositores dedicados a cerrar filas y amenazar al que se saliera del redil.
Luego, a discutir si la mayoría calificada se lograba con 85 o con 86 legisladores, de asistir a la sesión los 128 integrantes del senado.
Para evitar suspicacias, Morena y sus aliados decidieron ir por los 86 votos para aprobar la reforma al poder judicial.
La oposición se ha ocupado de la textura, no de lo verdaderamente importante. Es lo que explica la tardía propuesta del PAN para depurar al poder judicial. El PRI concentrado en establecer candados para que ninguno de los integrantes se fuera con el adversario. Y Movimiento Ciudadano, igual, sin darse tiempo para elaborar su propia iniciativa en la materia.
La reforma judicial avanza porque es mandato del pueblo. Una vez que el Senado termine de aprobarla, vendrá el turno de los congresos locales y para finalizar la promulgación por parte del Ejecutivo.
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