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Que se hable, aunque se hable mal

Que se hable, aunque se hable mal

Columnas jueves 03 de abril de 2025 -

Los anuncios a la medida, posibles gracias al marketing digital y a la recolección de datos personales, dieron una sacudida que despertó a la sociedad del entumecimiento colectivo en el que se encontraba, en lo relativo a su psicología de consumo. Las campañas de relaciones públicas, los premios a la creatividad y la promiscuidad entre la publicidad y las artes plásticas,fueron intentos, todos, de revitalizar la receptividad a mensajes que, por saturación, las personas ya filtrábamos de manera inconsciente pero eficaz.

Con las redes sociales y los anuncios antedichos, que guardan y refinan nuestras preferencias, la sociedad del espectáculo mutó en la sociedad de la atención, que es lo mismo, pero más barato, porque a diferencia de las empresas, los usuarios comunes no aspiran siquiera a dejar en la mente del “otro” un mensaje duradero, ni sembrar un deseo que, a la larga, se vuelva necesidad. A lo que se aspira es a tener vistas, likes, bots incluso si con ello se llega a un número, siempre cambiante y arbitrario. En lo que se parecen unos y otros, empero, es que se mueven en un ecosistema cada vez más saturado de estímulos. Creo que, con matices, estamos llegando de nuevo al adormecimiento de antaño, que nos hace inmunes a las ideas y nos requiere destellos cada vez más agresivos y estridentes para fijar nuestra atención unos segundos.

En este contexto, no sorprende que la propaganda que se ha viralizado sobre quienes contienden en la elección judicial, sea más bien ridícula y lastimera. Pero creo que lo es, al menos en muchos casos, por diseño. Basten dos ejemplos: el primero, la fotografía de una candidata a jueza, con un vestido minúsculo que deja ver un cuerpo espectacular, pero no dice más nada. Asumimos que es abogada, que quiere ganar, y ya está. El segundo, un video, grabado desde algún pasillo universitario, donde dos estudiantes (¿actores pagados, alumnos reales?) empiezan a comparar a un profesor, ahí presente, con una garnacha, porque está muy sabrosa y porque está muy preparada. El interesado toma la palabra y nos menciona sus grados académicos. Ambos mensajes serían de vergüenza si lo que pretendieran es convencer a alguien de la idoneidad de un perfil para juzgar. Pero no creo que lo pretendan.

Recordemos que hay miles de personas sin experiencia electoral, ni tiempo para adquirirla, contendiendo, por razones disímiles, a cargos que pueden sonar igual, pero tienen enormes diferencias de motivo, poder, peligrosidad y apoyos. Nada tiene que ver un juzgado administrativo en la Ciudad de México que un juzgado penal en Jalisco, una magistratura electoral regional o una civil. La baraja está demasiado revuelta, y es demasiado homogénea, además. Si sólo se analizaran los “méritos”, habría pocos que destacarían irremediablemente del resto. La gente, si decidió registrarse en este exótico proceso, cuya instrumentación está lleno de dudas, y donde el abstencionismo puede batir récords que prevalecen desde los años setenta, tienen que estar dispuestos a distinguirse de la bola, como sea, por lo que sea. Ya luego se verá si quien lleva mano (que no sabemos quién sea) los apoya y si mandan a votar por ellos (que así serán los pocos votos que se emitan, en pequeños contingentes organizados y por encargo).

De por sí la política electoral de masas nunca ha sido ni será una “batalla de ideas y propuestas”, esos son delirios de politólogo sin desayunar. Pero,además, a diferencia de la elección federal, donde hay dos o tres figuras claras que arrastran a los demás (casi nadie tiene claros los nombres, ya no digamos perfiles, de los diputados por los que está votando), aquí las individualidades, aparte de quien va para ministro/a, se pierden en un alud de grados y chistes de abogados que no podría separar ni quien los registró en el INE. El experimento de la elección judicial, que nadie más que el ex presidente quería que quedara exactamente como quedó, tiene problemas, muchos. Pero el menor de ellos son las payasadas de los contendientes.


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/CR

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