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Columnas
Así como en la vida nuestro temperamento puede generarnos más problemas que soluciones, las instituciones han sido creadas para temperar las decisiones de los tomadores de decisiones en los asuntos públicos.
En los últimos años, el gobierno federal ha tomado controvertidas decisiones de políticas públicas que han generado preocupación, tanto a millones de personas que aquí habitamos, como a los inversionistas nacionales a internacionales. Por ejemplo, la cancelación del nuevo aeropuerto en CDMX (NAICM) la pagan tanto los usuarios del aeropuerto como toda la ciudadanía, al incrementarse la deuda pública y el pago de los intereses que ello representa, que han estado en todos los presupuestos de egresos de los últimos cinco años. En algún momento de las próximas décadas todos lo terminaremos de pagar. Lo mismo podemos decir de cualquier obra pública que se desarrolle sin tener en consideración su viabilidad financiera, como lo son el Tren Maya o la refinería Dos Bocas, que necesitarán de subsidios multimillonarios, por al menos los siguientes treinta años. Estas decisiones temperamentales, arropadas con consultas a modo, las pagaremos tú y yo, no el gobierno ni los gobernantes. Nosotros.
Por ello, las instituciones sirven para que las malas decisiones sean las menos, y si se toman, afecten lo menos posible. En el caso de nuestras relaciones internacionales, México tuvo durante buena parte del siglo XX un servicio exterior integrado por diplomáticos de carrera, siendo uno, don Alfonso García Robles, ganador del Premio Nobel de la paz, al impulsar la no proliferación de armas nucleares en América Latina. El talento diplomático, como el judicial, sigue ahí, pero ahora está marginado. Las embajadas y consulados se convirtieron en cuotas de cuates y amarres políticos; y nuestra relación internacional más importante, que es con EE.UU., la hemos llevado de las ocurrencias, la sumisión privada o el desdén público.
Por lo anterior, no se puede volver a redactar una carta dirigida a un jefe de Estado insinuando su ignorancia. Si en cualquier relación entre pares eso sería suficiente para terminar una relación de negocios, ¡imagínate si eso haces con tu principal socio comercial! Ante el error de la carta al presidente electo de EE.UU, le siguieron llamadas donde cada parte dice una cosa distinta. En cambio, en Canadá tejieron fino sin confrontar y en menos de una semana, estaban platicando cara a cara con sus pares estadounidenses para construir la agenda común y administrar los daños por la nueva política. Los canadienses tienen mucho que perder, pero nosotros más, porque 27 de cada cien pesos que circulan en México depende de nuestro comercio con Estados Unidos.
Si al personal diplomático de carrera y a los antiguos embajadores y cónsules allá se les preguntara cómo diseñar una respuesta integral, mejores ideas habrían salido que una carta y un teléfono descompuesto; que el futuro de millones de personas pende de un hilo. Las instituciones sí importan.