El Congreso mexicano es un polvorín. Morena busca imponerse y presionar a sus aliados para que aprueben la Reforma Electoral sin necesidad de negociar con la oposición. El debate sobre el proyecto presidencial se ha transformado en un campo de batalla político,con discursos y amenazas, donde escasean los argumentos serios.
En medio de acusaciones cruzadas entre el gobierno, sus aliados y la oposición, se deja de lado la pregunta fundamental: ¿cómo mejorar realmente la democracia mexicana?
Uno de los ejes de la polémica es el costo del sistema electoral. México tiene uno de los modelos más caros del mundo. El Instituto Nacional Electoral (INE) ha manejado presupuestos que en algunos años superan los 20 mil millones de pesos, sin contar el financiamiento público a los partidos.
Tan solo para 2026, el INE aprobó un financiamiento público federal superior a los 7,737 millones de pesos para partidos políticos nacionales, a pesar de no ser un año electoral. Esta cifra resulta difícil de justificar en un país donde cerca de 40 millones de personas viven en condiciones de pobreza, según datos del Inegi y Coneval.
Los promotores de la reforma sostienen que reducir el gasto electoral es una prioridad. Entre las propuestas más discutidas se encuentran la reducción del número de consejeros electorales, la elección popular de autoridades electorales y la disminución del financiamiento público a partidos.
Sin embargo, la oposición ha advertido que detrás del discurso de austeridad podría esconderse un intento de debilitar la autonomía de las instituciones electorales. Un arrebato de poder por parte de Morena para eliminar los contrapesos. Diversos analistas advierten que modificar la estructura y operación del INE, pondría en riesgo la credibilidad de las elecciones.
A esto se suma la desconfianza entre los partidos políticos. Cada uno analiza la reforma no desde el interés institucional, sino desde el cálculo financiero y electoral inmediato. Prueba de ello, la reaparición de Jorge Emilio González, "El Niño Verde", líder político del PVEM, para la presentación de la propuesta de reforma electoral en Palacio Nacional.
En este contexto, cualquier reforma electoral debería enfocarse en tres objetivos claros: reducir costos sin debilitar la autonomía institucional, fortalecer la transparencia en el financiamiento político y ampliar los mecanismos de participación ciudadana. Sin embargo, nada de esto será posible si el debate continúa atrapado en la lógica de la confrontación partidista.
El agandalle que pretende Morena anulará los derechos de las minorías políticas representadas en el Congreso, debilitará a las instituciones y fortalecerá el autoritarismo y el presidencialismo que tanto combatieron.
Así las cosas, México necesita una reforma electoral seria, no una batalla de feudos políticos. La democracia no se fortalece cuando los partidos intentan cooptar las instituciones. El verdadero desafío es construir reglas que garanticen elecciones confiables, participación ciudadana y un sistema más eficiente.
@guillegomora