La oposición ha tenido una obsesión desde hace muchos años respeto al tiempo que ocupa el actual presidente de la República y, sobre todo, su correspondiente remuneración. Lo mismo sucede con sus colaboradores cercanos. Desde el inicio del siglo muchas de las críticas se centran en que nunca han trabajado. Cuando si ganó las elecciones de 2018, y otras no reconocidas, fue por el trabajo acumulado a lo largo y ancho del país.
Una vez que llegó a la Presidencia, se sorprendieron de que hubiera en la historia de México un presidente que se levantara temprano, debido a las conferencias matutinas; nunca hablaron esos medios y esos “analistas políticos que presidentes como Peña Nieto salieron todos los días de su recámara a las 11 de la mañana, y eso si sus hijastras lo permitían, luego de llegar gritando en la madrugada al llegar del antro al amanecer.
Después se encontraron con la sorpresa de que también trabajaba López Obrador los fines de semana, tiempo que destinaban otros presidentes a contar las ganancias mal habidas. Ahora, ante la evidencia de la realidad y una manera de justificar la existencia de los anteriores, señalan que el Presidente duerme todo el día, a pesar de que sus actividades son públicas.
Nunca ha habido un Presidente que ocupara tanto tiempo en trabajar. De ahí que sea tema central de las críticas ante otros temas que en diferentes sexenios anteriores los hubieran colocado en la puerta de la cárcel.
Honestidad o deshonestidad aparte, el tiempo de trabajo del actual Presidente no tiene precedente en la historia reciente de México, tal vez comparada con la de Echeverría que madrugaba pero para practicar tenis o platicar con los amigos. Descansaba, por lo regular, los fines de semana.
El caso de los secretarios de Estado es similar. Ellos deben trabajar ahora todo lo que dejaron de hacer en sexenios pasados, quienes llegaban a trabajar al mediodía, esperaban la hora de comida para pretextar pláticas extendidas y no regresar a la oficina. Los restaurantes de lujo estaban satisfechos con esta forma de administrar el país, situación que los conservadores añoran como si ellos hubieran disfrutado también de este gran fraude.
Más de un secretario de Estado come en su oficina. No visita los restaurantes ni en fines de semana y las pláticas con columnistas y dueños de periódicos desaparecieron. Trabajar para la alta burocracia del pasado era algo que no estaba en sus planes, sus objetivos eran más particulares, más individuales, menos sociales. Las evidencias de lo anterior están a la vista y en los medios.
La nostalgia por el ocio bien pagado es un problema actual de los conservadores que quieren regresar al poder, donde se ubica este tema oculto por los que quieren reinstalarse en el poder.