Hace muchos años, veía como un grupo de mujeres se declaraba feministas y marcaban una lucha permanente de hombres contra mujeres. No me gustaba la idea porque nunca he creído que defender los derechos humanos de las mujeres se fundamente en esa lucha.
Sin embargo, si me indignaba todo lo que sucedía en contra de las mujeres en el entorno laboral, en el familiar, en el escolar, en las calles, en todos lados. Desde la forma de invisibilizarnos hasta las formas de nombrarnos y tratarnos. Me indignaba mucho, pero yo no me llamaba feminista.
Al paso de los años y conforme iba creciendo mi indignación hacia las diversas formas de violencia que vivimos las mujeres, de manera natural me fui acercando a toda la literatura que me hiciera comprender lo que veía, escuchaba y también padecía.
Un camino de estudio, de análisis y de escritura en torno a la situación pasada y presente de las mujeres, doliéndome en ello, el haber naturalizado y aceptado para mí y para todas las mujeres que yo conocía tantas acciones, conductas, frases y silencios.
De esta manera, entendí que la frase que me dijeron un día: “para que estudias, eres mujer te vas a enamorar, te vas a casar y ya no vas a hacer nada”, era violencia, pero también entendí que al rebelarme y decidirme a sí estudiar a pesar de tener mucho en contra, me volví feminista.
Por eso las palabras de Chimamanda Ngozi, de que „Ser feminista te hace más consciente de esas pequeñas cosas, de que hay gente a la que no se le ocurre que las mujeres también somos seres humanos…”, plasmadas en su libro: “Todos debería ser feministas. Siempre que me preguntan cómo llegué a ser feminista, digo que yo no me hice feminista, siempre lo fui..”.
Sí, sin saberlo lo era, al rebelarme a lo establecido, al decirle al mundo con mi decisión que yo no aceptaba lo que querían de mí y para mí, así participé de la mano de mi hija, en mi primera marcha el 27 de junio de 2004, la denominada “La Gran Marcha Blanca”, una manifestación para alzar la voz por la inseguridad en nuestro país, en ella nos unimos a un contingente de madres que se hacían ver gritando y exigiendo que las autoridades trabajaran para que sus hijas volvieran a casa.
Recuerdo que antes de ir a esa gran concentración mi hija me preguntó, “¿Por qué vamos mamá?”, con un nudo en la garganta le contesté, “vamos porque ahí van a estar madres que vieron salir a sus hijas de su casa, pero no las vieron regresar, yo no sé lo que sienten, y no lo quiero saber, por eso vamos, para que las ayuden y nunca más una madre sienta ese dolor”.
Desde esa marcha, siempre recordando el rostro de mi hija, de mi madre, de mis hermanas y de todas las mujeres que conozco han sido violentadas y que he visto en cada marcha manifestando su dolor, su indignación y su coraje, participo e impulso acciones para erradicar la violencia de género, en donde la comprensión, la solidaridad, empatía y sororidad hacia ellas y ellos se vuelven el fundamento, por lo que a diferencia del feminismo que no comprendía de hombres contra mujeres, los suma, porque como también lo dice Ngozi, “Todos debemos ser feministas”, porque “feminista es un hombre o una mujer que dice, sí, hay un problema con el género debemos solucionarlo, debemos hacerlo mejor'”.
Este 8 de marzo, una vez más, marcharé al lado de mi hija y gritaremos al lado de miles de mujeres: ¡YA BASTA!, ¡NUNCA MÁS!, ¡NI UNA MENOS!, ¡NOS QUEREMOS LIBRES Y SIN MIEDO!, ¡QUEREMOS SER LIBRES, NO VALIENTES!... sí, lo haremos por todas las mujeres, por todas las adolescentes, por todas las niñas, con el orgullo de asumirnos y decir ¡SOY FEMINISTA!
Mtra. Rosalía Zeferino Salgado
Asesora en Comunicación Estratégica e Imagen Pública