Adoran la basura; la mugre; las heces… un coprofágico gusto por la suciedad aglomerada en las estructuras que han construido la milenaria historia de la Ciudad de México, groseramente maltratada por un gobierno populista que enaltece la mediocridad e incluye entre sus legisladores, a liderzuelos de vándalos apropiados de nuestras calles con impunidad total, sin mayor mérito que las movilizaciones clientelares y el usufructo vil de nuestro patrimonio.
No le causa vergüenza a un gobierno que debería de respetar y enaltecer su legado, recibir entre pegajosos sonidos de ambulantes, al mundo entero que tiene en nuestra capital un referente cultural y empresarial fundamental. Personas que pueden dar la vuelta al orbe y dejar sus recursos, no para contemplar la podredumbre con que nuestras calles exhiben un tercermundismo pestilente, sino para testimoniar la historia transfigurada en piedra, donde los labrados y herrajes son los sueños de nuestros antepasados, de aquellos que tendrían mucho qué reclamar a la hediondez con la que la Jefatura de Gobierno y el Gobierno Federal Mexicano han degradado bulevares y alamedas.
Entre orines y basura, llegan a las puertas del Palacio Nacional, en el Zócalo, embajadores, gobernadores, secretarios de estado, empresarios, ministros y todo ciudadano (…), saltando el campo minado donde se guarecen siglos de gloria nacional, transformada constantemente en circo, en mercado y en arrabal, donde lo mismo la garnacha se devora encima de una coladera, y el contrabando chino se traviste de artesanía a nuestra orgullosa heredad indígena, que para nada está representada entre todos esos personajes que violando toda ley, quieren casa y comercio a cuenta de los contribuyentes, cuando ni siquiera son capaces de pagar la luz del espacio que se apropian ¿cómo por qué los ciudadanos les vamos a consentir sus exigencias? ¿cómo por qué no podemos siquiera expresar nuestro descontento, por temor a la violencia que se pueda desatar con los truhanes que se roban nuestra ciudad con inaudita impunidad?
La izquierda capitalina ha impuesto la rúbrica de su presencia en cada bache; en cada andén del metro saqueado para mantener sempiternas campañas políticas; en los despojos permanentes a casas de ciudadanos dignos para arrojar clientelas infames que degradan el entorno con el maquillaje de supuestos grupos vulnerables, a los que autorizan desde el cierre de una calle, hasta el despojo y la violencia callejera.
Una izquierda que no ama su ciudad, la misma que les hizo llevar su proyecto a nivel nacional, y que entronizados, lo convierten en una cloaca donde los más violentos, los más sucios, envalentonados, llegan a tomar el patrimonio público. Nuestro Zócalo, corazón de la nación toda, yace envilecido por la horda y el plástico de sus lonas, por toda la parafernalia con las que la demagogia adorna su dominio consagrado a la corrupción.