Platicaba hace unos días con una amiga, cuyo hijo está estudiando la universidad, en una de las escuelas privadas más conocidas del país, de corte empresarial y regusto norteño. Resulta que la colegiatura en esa institución cuesta más de 20 mil pesos mensuales. De acuerdo con el INEGI, redondeando para evitar el tedio, sólo el 2% de los mexicanos ingresan a sus hogares más de $18,500 pesos, y muchos, alrededor de 17 millones, ganan menos de 4 mil pesos mensuales. El tope de los 18 mil quinientos pesos, además, es interesante porque se fijó debido a que es lo que gastan los hogares mexicanos en promedio, para su sustento total, mensualmente. A ver si podemos dejar en la puerta las emociones. El hecho es que un mes de colegiatura en una de las escuelas que, además, tiene una de las matrículas más grandes de México, cuesta más de lo que el 98% ingresa y gasta en mantener una casa con una familia. Sostengo que la clase media mexicana vive obsesionada con los símbolos de estatus, y es capaz de convertir cualquier cosa en uno: desde la marca de una bolsa o el año de un automóvil, hasta la escuela a la que van los hijos o el desprecio por los simpatizantes de un partido político. En su mente, todo, lo que se ve y lo que no, son puntos para subir peldaños en la escalera social, aunque las verdaderas divisiones entre clases sean prácticamente impermeables, porque el sistema educativo y el mercado laboral están diseñados para reproducir el status quo a nivel estructural (que es el que debería preocupar a los totalmente Palacio). Y es aquí donde me interesa el tema de la susodicha colegiatura. Aunque sería públicamente inconfesable, muchos de los que dan a sus hijos una educación privada, y pagan costosas escuelas (muchas veces sacrificando bienes básicos, otras encomendándose al dios del tarjetazo), lo hacen con la esperanza de que sus hijos tengan mejores oportunidades, no tanto por competencias (que en la escuela uno aprende poco) sino a través del networking o, como dicen los ingleses, del principio de la “Old school tie”, es decir, la pertenencia a un club exclusivo que le garantizaría el acceso a redes sociales y laborales privilegiadas, por el sólo hecho de haber egresado de una escuela en particular. Otra vez, no estamos criticando a nadie. Sencillamente me interesa poner en tela de juicio la idoneidad de este medio para lograr el fin propuesto. Casi todas las escuelas privadas en México han seguido una ruta distinta que en Inglaterra o Estados Unidos, porque no basan su modelo de negocio en la selectividad de sus alumnos y la reputación de sus egresados, sino en el tamaño de su matrícula. Esto se traduce en que es sencillo ingresar, y también sencillo egresar, aunque sea con calificaciones mediocres y pocos conocimientos. Los alumnos de excelencia en esas instituciones suelen estar becados (o casi) y son pocos. Y cuando son tantos los egresados, no hay espacio en la cima para todos. Por eso los ilustres ex alumnos pasan los primeros 5 años de su vida profesional ganando menos de lo que pagaban de colegiatura, si bien les va. El salario promedio del profesionista en México, según el Observatorio Laboral de la STPS, es de 12,900 pesos. Por eso me parece más deseable el fortalecimiento de los sistemas públicos de educación, salud, y los otros, para que las oportunidades vitales sean reales e incluyentes, y no solo promesas de vendedor. La mayor parte de los mejores profesionistas del país siguen saliendo de escuelas públicas, por cierto. Pero no se enojen.