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Triste Navidad

Triste Navidad

Columnas miércoles 23 de diciembre de 2020 -

Triste Navidad la que tendremos los mexicanos por muchas razones, la peor, sin duda, sigue siendo la pandemia que no nos da tregua en contagios y decesos. Más de ciento diecinueve mil familias están de luto por la muerte de algún o varios de sus integrantes y el pánico empieza a tener efecto preocupante ante la saturación de hospitales públicos y privados y el cansancio crónico del personal médico.

Tendría que decir “nada que celebrar” pero no lo diré sencillamente porque este virus nos da la oportunidad de regresar a la maravillosa tradición que era adorar al Niño Dios en su nacimiento. Recuerdo mi infancia y adolescencia con mucha nostalgia porque estas fechas eran realmente para ofrecérselas a Dios a través de arrullarlo en un rebozo de colores y cantarle bellas alabanzas.

Mi madre, quien ya está junto al Creador, se las ingeniaba para hacer de la Navidad toda una festividad espiritual, con la mitad de mis hermanos al exterior de nuestra casa y la otra mitad al interior para pedir posada. Sobre la mesa había canastitas de colación y no podía faltar el ponche calientito cuando ya los peregrinos eran recibidos para cenar los tradicionales romeritos y el bacalao que, no es por presumir, le quedaban riquísimos a mi mamá.

Con el paso del tiempo esta tradición católica se fue perdiendo gracias al consumismo que arrasó con todo. Dejamos de lado el verdadero significado de la Navidad para hacer fiestas donde las bebidas alcohólicas se convirtieron en las reinas de la noche. Los hombres por un lado y las mujeres por el otro viendo quien iba mejor vestida y maquillada.

Durante los setenta años que vivió mi madre siempre trató de que sus diez hijos, sí, somos diez hermanos, seis mujeres y cuatro hombres, siguieran manteniendo la tradición de adorar a Jesús; desde su partida, hace ya ocho años el festejo es distinto: los hombres llegan con su botella de vino bajo el brazo y a beber todo lo que el cuerpo aguante.

Sí, el consumismo nos arrebató lo más bonito de la vida: adorar al ser divino que ofreció su vida para salvarnos de nuestros pecados y tener la posibilidad de otra vida en el paraíso de Dios.

Esta terrible pandemia nos ha separado esta Navidad, los que somos responsables y conscientes de la gravedad de la situación permaneceremos en nuestras casas únicamente con quien vivimos, pero si reflexionamos un poco sobre lo que estamos viviendo debemos aprovechar para acercarnos nuevamente a Dios y darle las gracias por estar vivos.

En lo personal me hubiera gustado escuchar mensajes de nuestros gobernantes motivándonos a regresar a la tradición más antigua y hermosa de todos los tiempos, sin embargo, la frivolidad, el egocentrismo y la soberbia se mantienen por encima de la emergencia sanitaria. A quién le importa el Tren Maya o la refinería Dos Bocas en estos momentos en que no sabemos si tendremos un mañana.


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/CR

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