El arquitecto y urbanista Carlos Morales Vázquez afirmó que en la ciudad “no existe gentrificación”, debido a que no ha habido desplazamiento de comunidades ni cambios demográficos por presión económica, sino que los propietarios han transformado voluntariamente sus inmuebles para el turismo.
Por su parte, la socióloga Biaani Cantú Luna explicó que el fenómeno que sí se percibe es de turistificación: desde hace más de veinte años, se observa una transformación del uso de suelo en el centro histórico, donde las antiguas viviendas ahora operan como hoteles, restaurantes o espacios comerciales. Aunque muchos propietarios originales aún conservan la titularidad, han optado por residir fuera del centro.
Cantú Luna advirtió también que, pese a que no hay gentrificación en sentido estricto, sí existe una gentrificación simbólica: la imposición de un gusto refinado que margina tradiciones indígenas y culturales. Esto, sumado a mejoras infraestructurales como calles peatonales y cableado subterráneo, podría aumentar la desigualdad urbana, ya que los empleados del sector turístico —muchos con salario mínimo— viven en colonias periféricas cultivando una ciudad que no pueden acceder plenamente.