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Una reflexión sobre fideicomisos

Una reflexión sobre fideicomisos

Columnas viernes 23 de octubre de 2020 - 00:17


La madrugada del 21 de octubre de 2020 será recordada por un evento trágico, la desaparición de 109 fideicomisos públicos que aseguraban recursos para causas tan nobles y necesarias como la ciencia y la tecnología, el arte y la cultura, la reparación de daños a víctimas por violaciones a derechos humanos, la protección ante desastres naturales, así como el sostenimiento de centros educativos de altísimo nivel.

Bajo la premisa de que dichos fideicomisos eran focos de corrupción, por instrucciones presidenciales el Congreso de la Unión procedió a aprobar diversas reformas para la desaparición de dichos instrumentos financieros. La Secretaría de Hacienda, en un mal logrado intento por comunicar a la población las virtudes de dicha acción, manifestó que los fideicomisos servían únicamente como medio de pago de ciertas prestaciones y que, a partir de ahora, se harían de manera directa por parte del gobierno federal.

Sin embargo, este argumento es impreciso, toda vez que la discusión no versa sobre la continuidad de los pagos, sino sobre garantizar la existencia de un recurso económico destinado a ciertas causas; es decir, ¿de qué sirve asegurar una obligación de pago, si no existe con que pagar?

Con esta modificación, ahora, la investigación científica y demás necesidades, dependerán de que en el Presupuesto de Egresos de la Federación se contemplen los recursos suficientes para su financiamiento. Las bondades de una figura como el fideicomiso es que aseguraban que ese recurso no dependiera justamente del jaloneo presupuestario de cada año; es decir, garantizaba disponibilidad y, en algunos casos, autogestión presupuestal.

La figura del fideicomiso es de las pocas herencias del derecho romano que ha logrado modernizarse con los años, pues el fideicomissum, término derivado de la unión de las palabras fide que significa confianza y, commissum alusivo a comisión, se traducía como “un cometido de confianza”. Curiosamente, la fide romana, se basaba en ciertas cualidades, tales como la amistad, probidad, lealtad, conciencia intachable y alta moralidad, elementos que pregona la denominada cuarta transformación.

Denostar la figura del fideicomiso es un error. En el mundo ha sido socorrida esta figura por su eficiencia en el manejo de recursos, por ejemplo, en la Carta de la ONU, se creó un régimen internacional de administración fiduciaria, mediante el Consejo de Administración Fiduciaria cuyo objetivo principal consistía en promover el adelanto de los habitantes de los territorios en fideicomiso y su desarrollo progresivo hacia el gobierno propio o la independencia. Los propósitos de este régimen se cumplieron a tal punto que todos los territorios en fideicomiso alcanzaron ya el gobierno propio o la independencia.

Si bien pudo haber corrupción en los fideicomisos, su desaparición fue un criminal exceso. Regularlos hubiera sido lo correcto, tal y como lo propuso la actual secretaria de la Función Pública desde 2005, ¿si una persona está enferma, la solución entonces es matarla? Quizás y los fideicomisos, ante la enfermedad de la corrupción, necesitaban una cura, no su completa extinción.


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/CR

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