El peor rostro de la criminalidad es la violencia. Se ejerce de distintas maneras y con resultados diversos. Para el crimen organizado, es consustancial a su metodología de trabajo; es la forma de mantener control sobre sus integrantes y negocios. He sostenido y lo seguiré haciendo, que no existen criminales respetados sino temidos, y es la violencia la maquinaria a través de la cual se sustenta su poder.
Distintas posiciones existen sobre la división de los tipos de violencia criminal. Pareciera que la más aceptada es la que la divide en intragrupal, intergrupal y extragrupal. En el primer caso, se dirige contra los miembros de la propia organización como forma de establecer o mantener disciplina y sumisión. Esta alcanza a abogados, asesores y colaboradores que, sin formar parte activa, son fundamentales para el cumplimiento de sus fines.
La violencia intergrupal es la que se dirige a otros grupos delincuenciales que se asumen como rivales. Se produce por diferencias o disputas insalvables que incluyen la distribución de territorios, la forma de concebir la subcultura criminal e incluso por aspectos étnicos.
En cuanto a la violencia extragrupal, “ésta se proyecta hacia los sujetos pasivos de los delitos y también puede dirigirse contra investigadores, funcionarios, o miembros del poder judicial. Dentro de esta tipología merece especial atención la violencia complaciente: la corrupción. Ésta se dirige no sólo a operadores de la administración, funcionarios, policías, fiscales, jueces; sino también a la empresa privada, bancos, asesorías, operadores financieros y, muy especialmente, se enfoca hacia los medios de comunicación para comprar espacios mediante los cuales lanzar proclamas o lavar la imagen de líderes criminales, políticos u oligarcas.” [LÓPEZ – MUÑOZ, Julián, Criminalidad Organizada: Aspectos jurídicos y criminológicos, DYKINSON, 2015].
La muerte, que en los grupos mafiosos europeos es la sentencia tras graves desacuerdos entre contrincantes o el castigo al traidor de “La Familia”, en América Latina se ha convertido en tarjeta de presentación. Se mata de forma despiadada y sistemática, salvo cuando conviene al grupo criminal mantener con vida a sus víctimas, como en el caso de la extorsión. Existe tal nivel de miseria en la subcultura criminal contemporánea, que para asesinar basta con tener tiempo para hacerlo.
Pero volvamos al tema de la violencia extragrupal. Los grupos criminales, que actualmente operan con esquemas empresariales, necesitan plataformas para amplificar sus mensajes, fijar agendas y construir adeptos. Esto no se traduce necesariamente en que se hable bien de ellos, sino que en su ecuación, los actores políticos o de otros ámbitos en los que tienen intereses, se favorezcan con la cobertura mediática que de ellos se haga.
El crimen se apodera de los medios para exaltar figuras o destruir reputaciones a conveniencia, lo mismo de personas, partidos o negocios.
Reporteros, directores, editorialistas, se ven amenazados cuando su trabajo estorba a sus fines. Como con los policías, se ha normalizado estigmatizar a periodistas asesinados “por vínculos criminales”. La violencia extragrupal implica procesos de cooptación que, aun sin lograrse, exigen un nivel de acercamiento entre victimarios y víctimas, generando vínculos pero no necesariamente complicidades. Compete a las autoridades investigar y determinarlo.
En síntesis, se cierne una amenaza sobre la libre expresión y sus profesionales, de la que gobierno y sociedad no debemos ser ajenos; el crimen oganizado va por el control de la prensa y utiliza la violencia extragrupal para lograrlo.
Un buen gobernante no debe ceder a la tentación de confrontar periodistas, por críticos que éstos sean. En cambio, está obligado a fortalecer los mecanismos para garantizar la libre expresión.
A la amenaza criminal, no se debe sumar violencia institucional.