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Y otra vez la educación.

Y otra vez la educación.

Columnas jueves 18 de agosto de 2022 -

En México hay ciertas verdades que se dan por sentadas, sin debate, y sin importar que sean excluyentes: “Al gobierno no le interesa la educación” (cualquier gobierno), “El gobierno usa la educación para adoctrinar en un proyecto” (neoliberal, anticolonialista, el que sea), “La educación es la mejor inversión”, “La educación es un negocio”, “Al gobierno le conviene mantenernos ignorantes”, “Al gobierno le conviene que la educación perpetúe el modelo educativo que quieren los empleadores” y otras por el estilo.

Lo primero que se suele confundir es la educación con la escolaridad, y en el peor de los casos, con los contenidos específicos que recibe el estudiante en el salón de clases. Por otra parte, en la discusión pública se habla poco de los contenidos de las materias matemáticas y naturalistas, y mucho de las asignaturas que pueden tener un sesgo ideológico (como historia, por ejemplo). Claro que si se le pregunta a un deconstruccionista radical, hasta el álgebra es opresiva. Por eso decía Alan Bloom, hablando de los años sesenta, porque esto es cíclico, que las universidades les regalaron las humanidades a los radicales con tal de que dejaran en paz las materias técnicas, esas que enseñan a construir aviones que sí vuelen y puentes que no se caigan.

Creo que eso nos permite sacar hilo, porque una de las primeras complejidades es que la actividad de educar, como tal, no admite es encasillamiento; ¿es una actividad técnica?, ¿es la transmisión de una visión específica del mundo y como tal, necesariamente ideológica? ¿Es una decisión política? El tema es demasiado amplio, pero en esta ocasión me quiero centrar en la indignación que ha producido el nombramiento de la nueva secretaria de educación pública, Leticia Ramírez.

Porque en lo que esperamos de quien encabece la educación pública está mucho de nuestra concepción sobre qué es, para qué sirve y cuáles son sus alcances. La verdad es que las críticas hacia su nombramiento poco tienen que ver con las competencias necesarias para ocupar esa cartera. No sé si vaya a ser buena secretaria o mala, simplemente la voz de la prensa ilustrada se está yendo a cosas irrelevantes para el cargo: que es una simple maestra de primaria, sin preparación “real”.

Se asume que esa preparación debería ser semejante a la de un profesionista liberal de clase media alta (porque la alta tampoco tiene escolaridad de alto nivel, por regla general); que aunque es maestra, hace muchos años que no da clases, y que su carrera la hizo en el activismo político y sindical; que es cien por ciento obediente y leal al presidente de la República (en un sistema presidencialista, lo contrario sería bastante exótico); que le queda grande el puesto porque se dedicaba a controlar el picaporte para las personas y grupos con los que el presidente se reunía (como si ser el último filtro antes de la atención directa presidencial fuera poca cosa); y por último, lo que no dice la prensa sino los comentarios de los artículos de prensa, que la señora se ve de extracción social baja (basta ver cualquier nota e irse a los comentarios, no son sutiles ni escasos).

Esto será difícil de tragar: la SEP no es un cargo ni académico ni educativo. Así de simple. Es un puesto de contención política compleja, sólo por debajo, quizás, de la Secretaría de Gobernación.
El arreglo político mexicano hace que el primer desafío permanente sea mantener funcionando (como sea) las escuelas, de modo que los maestros y los alumnos efectivamente vayan a las clases, y tengan dónde tomarlas. Esto implica básicamente dos conflictos subordinados: la negociación con sindicatos poderosísimos, y el cabildeo presupuestario con el poder ejecutivo y el legislativo. En ese sentido, de poco serviría encabezando la SEP una persona cuya mayor virtud fuera que ha dado muchas clases, o que “le interese la educación”, frase de por sí muy difícil de interpretar.

Así, lo mínimo que se necesita de una secretaria de educación es que los sindicatos accedan a sentarse con ella a negociar (que le pregunten a Aurelio Nuño lo que pasa cuando no) y que sea suficientemente cercana al presidente para que pueda conseguir sus recursos con cierta eficacia.
En suma, me basta dejar en el tintero esta idea: cualquier secretaría de estado es, ante todo, un cargo político, porque implica la toma de decisiones políticas, y porque los intereses que debe conciliar entre actores en conflicto, son también políticos. Eso no quiere decir que la formación afín a un ministerio estorbe, y da un barniz de legitimidad, pero es solo eso.

Ni un gran médico clínico sería el mejor secretario de salud (porque el Estado no es un cuerpo humano) ni el mejor pescador sería el mejor secretario de pesca. No es que no debamos de exigir, como ciudadanos, perfiles idóneos para los cargos de responsabilidad más elevados de la acción públicaa, es que ni siquiera sabemos qué pedir. Y del clasismo ni hablamos.


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/CR

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