Por el término inglés “Backsliding” debemos entender retroceso. Aplicado al desarrollo o involución de los regímenes políticos, podría conceptualizarse como regresión o deterioro democráticos. Se trata de una nueva subdisciplina o subespecialidad en toda forma, inimaginable hace apenas 10 años.
Un libro de Haggard y Kaufman, publicado hace unas semanas con ese título por la editorial de la Universidad de Cambridge, aborda este carcinoma global con acierto y datos de 16 países. Es un texto que hay que considerar para desentrañar de mejor manera y oportunamente esta pulsión antidemocrática que avanza por todo el planeta.
La investigación es sumamente documentada y llena de citas relevantes y remisiones a textos correlativos que pintan de cuerpo entero el estado del arte en la materia. Presenta una propuesta muy seria de concepto del fenómeno, de los mecanismos por los que discurre y los efectos que busca y alcanza. Propone también una robusta metodología para iniciar una métrica que permita reconocer y en su caso atemperar adecuadamente esta tendencia perniciosa.
Según los autores, la regresión es una estrategia que transita de inicio por los mecanismos tradicionales del expediente democrático-electoral para subvertirlo y traicionarlo después, logrando un retroceso a épocas o sistemas autoritarios. Significa el deterioro gradual o incremental, a veces inadvertido por grandes sectores de la sociedad, de las instituciones, reglas y normas democráticas, que resultan de la actuación deliberada de un gobierno electo democráticamente, típicamente conducido por un liderazgo autocrático.
Es el resultado, señalan, de una compleja cadena causal. De inicio, la polarización política, que fractura sociedades. Posteriormente, la división, que desdibuja el centro, logra la elección de autócratas, convencidos(as) de que el control mayoritario o la captura del parlamento es fundamental para promover el colapso de la división de poderes.
Esto a su vez, empodera aún más al o la dirigente y desorienta y desorganiza a las oposiciones, a las que la o el líder niega toda legitimidad, mientras de paso, afirman, se reescriben las leyes que regulan el poder judicial, se desestiman los servicios profesionales o civiles del gobierno y se cede el control de partes del territorio a los barones de la guerra, caciques locales o bandas criminales, pero siempre “demonizando” grupos enteros de la sociedad, de la economía o de la política.
El deterioro, alegan, tiene dos graduaciones. Puede suceder al interior de un régimen que permanece democrático, lo que llaman erosión; o puede resultar en el arribo a un sistema autoritario, a lo que denominan reversión.
Afirman que, ya en el poder ejecutivo, ese liderazgo busca, además, lesionar o derribar tres pilares fundamentales de las democracias modernas: la integridad y autenticidad de las elecciones y su supervisión; los derechos fundamentales y sus garantías; y la rendición de cuentas (pesos y contra pesos). Avanzaré el jueves.
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