La báscula también celebra: cuatro meses que pueden pesarnos todo el año
Septiembre marca para los mexicanos el comienzo de una extraordinaria temporada de celebraciones. Llegan las fiestas patrias; después, el Día de Muertos y su inevitable pan de muerto; más tarde las posadas, Navidad, Año Nuevo y finalmente el tradicional “maratón Guadalupe-Reyes”.
Existe evidencia científica de que los periodos festivos favorecen el incremento de peso. Diversos estudios encuentran aumentos promedio cercanos a medio kilo y hasta alrededor de un kilogramo durante las semanas de fiestas; una revisión encontró una media aproximada de 0.7 kg. Sin embargo, existe gran variabilidad: algunas personas prácticamente no aumentan, mientras otras pueden ganar varios kilos, llegando en casos documentados a alrededor de cuatro o cinco kilogramos.
Podría parecer poco importante subir un kilo. El verdadero problema es otro: bajarlo después puede ser mucho más difícil que subirlo y además considerar el impacto en la salud metabólica de quienes ya sufren diabetes , hipertensión etc. Estudios de seguimiento han mostrado que parte del peso ganado durante las fiestas no se pierde completamente durante los meses posteriores. Así, esos aparentemente inocentes gramos adicionales pueden acumularse año tras año.
Durante las fiestas coinciden varios factores: aumentan las porciones, los alimentos de alta densidad calórica, postres, bebidas azucaradas y alcohol; comemos con mayor frecuencia fuera de nuestros horarios habituales y, simultáneamente, podemos disminuir la actividad física y alterar nuestras horas de sueño.
En México tenemos además una característica particular: nuestra temporada festiva prácticamente comienza en septiembre.
¿La solución es renunciar al pozole, al pan de muerto o a la cena navideña?
Por supuesto que no. La salud también consiste en disfrutar.
El problema no es lo que comemos durante una celebración, sino convertir cuatro meses completos en una excepción.
Podemos aplicar algunas medidas sencillas: mantener nuestra actividad física; pesarnos periódicamente; no llegar con hambre excesiva a las reuniones; cuidar las porciones; preferir agua durante el día; moderar bebidas alcohólicas y azucaradas; disfrutar nuestros alimentos favoritos sin necesidad de probarlo todo y, particularmente, regresar a nuestros hábitos habituales al día siguiente.
Pesarnos periódicamente puede parecer una recomendación demasiado sencilla, pero tiene una enorme ventaja: permite detectar oportunamente una tendencia.
Lo que medimos difícilmente nos toma por sorpresa.
También debemos abandonar la lógica del “ya rompí la dieta, comienzo nuevamente el lunes” o, peor todavía, “en enero me pongo a dieta”.
Una cena es una cena. Una celebración es una celebración. No necesita convertirse en una semana de excesos.
Estamos comenzando septiembre y tenemos por delante cuatro meses extraordinarios para convivir, celebrar nuestras tradiciones y disfrutar a quienes queremos.
Hagámoslo.
Comamos pozole. Disfrutemos un buen pan de muerto. Celebremos Navidad y brindemos por el año que comienza.
Pero recordemos que celebrar no significa abandonar nuestra salud hasta enero.
Porque, desde el cristal con que se mira, el verdadero riesgo no está en lo que comemos los días de fiesta, sino en convertir demasiados días ordinarios en días de fiesta.
Y quizá la mejor resolución de Año Nuevo no sea prometer bajar los kilos que subimos.
La mejor sería llegar a enero sin tener que perderlos, sin embargo, como bien decía Ramón de Campoamor "Nada es verdad, nada es mentira, todo es de acuerdo del color con el cristal con que se mira”