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Columnas
¿Quién gana si prospera la reforma judicial y si se tensan la relaciones comerciales al máximo con nuestro principal socio? Tal vez algunos miles, pero millones pagaremos los platos rotos por ello. Veamos por qué.
Creo que casi todos queremos que México sea un país mas justo, seguro y próspero: no podemos seguir teniendo miles de personas desaparecidas y asesinadas, casi treinta millones de delitos al año, ni que sólo uno de cada cien criminales sea procesado y sentenciado; mientras 99 siguen delinquiendo hasta que sus competidores los asesinan o desparecen. Nos volvimos un país estructuralmente violento, donde en la misma página del periódico podemos leer atrocidades de personas destazadas que la última intriga de la farándula, o en la que un alumno universitario me dice sin mayor empacho que mataría de varios balazos a quien le deba dinero. Nos guste o no, este país somos.
Y ante esta sociedad violenta y violentada, ¿servirá la reforma al poder judicial? Un contundente no, porque el problema está en la impunidad, en las fiscalías amedrentadas y cooptadas por el crimen, que ni siquiera tienen copiadoras; porque nuestros policías locales no se han profesionalizado y han sido abandonados a su suerte. Si prospera la reforma judicial, sólo en CDMX, los chilangos tendríamos que escoger a mas de 300 jueces entre más de dos mil candidatos; que los aprobaría exclusivamente el oficialismo; para que un grupo de cinco notables quite a los jueces electos, los inhabilite por veinte años o los encarcele. Perderemos más años y miles de millones de pesos en algo que sólo servirá para apuntalar a quienes tienen ya mucho poder.
¿Y qué pasaría si se termina el Tratado de Libre Comercio (T-MEC) con Estados Unidos y Canadá? Los estados del centro y norte del país colapsarían varias de sus industrias más prósperas, porque México perdería el atractivo internacional que hoy aún tienen para las inversiones, al cerrarse la puerta a la economía más grande del mundo. Y no es solamente que las armadoras de autos o electrodomésticos cierren y se vayan, sino también quebrarían las miles de empresa a su alrededor, desde las transportistas hasta las que alimentan a sus trabajadores. Millones podrían perder su empleo formal y volverían a cobrar en efectivo, sin seguridad social ni prestaciones; como casi todos trabajan y viven en Chiapas o Oaxaca.
Si el comercio internacional no importa y se empieza a romantizar con la “sustitución de importaciones”, entonces, ¿para qué se construye la infraestructura del corredor interoceánico en el Istmo de Tehuantepec y se buscan inversiones internacionales por la relocalización de empresas? ¿O quién en su sano juicio abriría de par en par nuestra economía a las empresas chinas?
México no puede acumular más malas decisiones ni jugarle al sansón en la geopolítica con las superpotencias globales que hoy son Estados Unidos y China. Toda decisión tendrá costos que todos pagaremos.