-"Lo mataron mientras abrazaba un crucifijo y pasaba las cuentas de su rosario"- Me comentaba de niño una de las empleadas de casa, refiriendo el caso de su padre, un buen hombre de campo fusilado con otros quince hombres de todas las edades, incluyendo al parroco y al adolescente que ayudaba a tocar las campanas de la Iglesia de aquel pueblito zacatecano, donde su religión y su práctica, era castigada de la peor manera.
Cualquier persona con un poco de sentido común, se habría escandalizado de que un gobierno de un país católico mayoritariamente para los años veintes, del siglo veinte, matara católicos, con otros católicos por órdenes de un gobierno que tal parece no comprendía en su dimensión las características del pueblo al que la revolución de 1910, tras el triunfo del constitucionalismo, había llevado al poder.
El denominado ejército constitucionalista, ese que ejemplarmente encabezó Don Venustiano Carranza, tenía entre sus militantes a un grupo muy particular que terminaría por hacerse de la presidencia, y daría forma a la institucionalización de la revolución a partir de la que surgiría el México contemporáneo.
Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles y Adolfo de la Huerta, tres generales, tres sonorenses, tres presidentes (...), pero particularmente el segundo, Calles, manifestaría una sorprendente ignorancia de las características de la nación completa.
La relación de los sonorenses con los indígenas, y con la religión, siempre fue problemática como han resaltado autores de la talla de Friedrich Katz o Alan Knigt, quienes refieren un norte vinculado al liberalismo estadounidense, con sendos prejuicios hacia la religión mayoritaria y hacia los indígenas, a los que un poblador norteño promedio, sólo podía identificar con la barbarie de las naciones indias como los apaches, con los que mantuvieron una guerra perpetua que en mucho definió el caracter aguerrido y solidario de una sociedad inmersa en las condiciones difíciles de su territorio, como Sonora claramente representaba.
Es verdad que esa violencia de tratar a la población con prejuicios que atentaran contra la narrativa progresista, ya tenía espantozos ejemplos en la Rusia zarista y el fanatismo asesino del comunismo, que con entre la revolución de octubre y la Segunda Guerra, se llevó a unos noventa millones de habitantes. El exterminio en nombre de la "ciencia", dejó un aura de tragedia que marcaría a las sociedades con imborrables traumas y vacíos históricos de sus narrativas, como ocurrió con la guerra cristera en México y los intentos del gobierno priísta por tapar los crímenes de una sorprendente política de estado, que hoy los llevaría a La Haya, acusados por crímenes de "lesa humanidad".
El prejuicio a la religión, la postrera censura de su memoria y aún, la génesis de toda una historiografía que en contuvernio con el priato, cayó del oscurantismo con la fabulosa investigación de Jean Meyer y su opera magna en tres volúmenes: "La Cristiada".
Aún veo a mi anciana niñera mirando el crucifijo de su madre en su habitación, y como un personaje rulfiani, narrar semejan violación al alma de cualquier persona, en el libre ejercicio de su fe, hoy protegido como derecho humano, y que aunque existan quienes asuman no creer, con el mismo respeto dirigido hacia un no creyente, los gobiernos no pueden atentar en contra de algo tan valioso, puro e íntimo, en nombre de sus proyectos de progreso, y si encima eso cuesta la vida, el término de asesino es el único que puede calificar semejante osadía.
A 100 años de la cristiada, recuerdo la voz y la emoción de Lorenza, que testigo de un mundo lejano, curtió en sus escuchas el respeto y el amor que solamente una fe puede inspirar.
Para concluir, sólo añado una cosa: el gobierno callista pidió la paz, es decir, perdió, de allí su doble vergüenza en censurar la poderosa voz de Clío.