En 1946 llegó a nuestro país, contratado por la Empresa Mexicana de Lucha Libre, el búlgaro Pete Pankoff, considerado el mejor peso welter del mundo. El impacto de Pankoff fue inmediato y brutal. Apabulló a los mejores luchadores nacionales: sucesivamente, destrozó a Jack O’Brien; venció en un reñidísimo “match” a Emilio Charles; en su primer enfrentamiento con El Santo obtuvo la victoria; y volvió a derrotar a Emilio Charles. Sufrió un descalabro con Gori Guerrero, pero continuó adelante con su labor destructora sobre los encordados aztecas: su siguiente víctima fue El Murciélago Velázquez, y Bobby Bonales corrió la misma suerte. No se vislumbraba a nadie capaz de detenerlo.
Por esas fechas se anunció una eliminatoria para encontrar al nuevo campeón mundial de peso welter, dado que el cetro había quedado vacante tras la trágica muerte, el año anterior, del estadounidense Jack Reynolds, quien lo había ostentado durante varios años. Fueron elegidos ocho gladiadores, entre mexicanos y extranjeros, para contender por el cinturón Mundial Welter de la International Wrestilng Alliance, por entonces máximo organismo rector de la lucha libre. Ellos fueron: Red Garner, canadiense duro y potente; Ciclón Veloz, veterano que aún era de peligro; El Santo, el rudo más taquillero; Pete Pankoff, el claro favorito; Dientes Hernández, científico de técnica depurada; Jack O’Brien, uno de los más experimentados; y Jesús Murciélago Velázquez, Señor de las Alimañas, que completaba el cuadro.
La eliminatoria dio comienzo el 1º de marzo de 1946. El terrible búlgaro Pankoff dio cuenta del maestro normalista Dientes Hernández en dos caídas al hilo; Emilio Charles derrotó al canadiense Garner, también en dos al hilo; El Santo pasó muchos apuros para vencer a su acérrimo rival Murciélago Velázquez después de tres emocionantes episodios; y Jack O’Brien pasó sobre Ciclón Veloz.
A la semana siguiente las cosas comenzaron a quedar claras al definirse la lucha final: El Santo venció a Jack O’Brien, mientras Pete Pankoff apabulló, como de costumbre, a su rival mexicano de turno, Emilio Charles. Todo estaba listo, la final sería entre El Santo y Pete Pankoff. El plateado tenía ante sí una empresa más que difícil y muy pocos pensaban que pudiera ganar, pues ya había sido derrotado por el búlgaro con relativa facilidad, que tenía tomada la medida a los gladiadores mexicanos.
El 15 de marzo del 46 el combate entre El Santo vs Pete Pankoff finalmente tuvo lugar. La primera caída se la llevó el búlgaro tras aplicarle al plateado una tremenda palanca de Markus. Un detalle había llamado poderosamente la atención del público: por primera vez, El Santo, uno de los miembros más distinguidos del bando rudo ¡estaba luchando limpio! El respetable respondió aplaudiendo y animando al atómico, que ya estaba acostumbrado a recibir rechiflas y recordatorios familiares. La segunda caída duró tan sólo cuatro minutos; El Santo niveló las acciones con una palanca a los brazos. La tercera y definitiva caída fue sumamente reñida, disputada palmo a palmo; el enmascarado luchó como un titán. A los catorce minutos de fragoroso combate aprovechó un descuido del balcánico para aplicarle un espantoso cangrejo que por poco le parte la espina dorsal. Pankoff no soportó y se rindió suplicando el cese del tormento.
Esa noche pasó a la historia del pancracio como una de las más recordadas. El Santo había consumado la hazaña de convertirse en el primer Campeón Mundial Welter nacido en México. Y también la de salir por primera vez en hombros, cobijado por un público delirante que al fin había reconocido su gran calidad. Por todos los rincones de la arena retumbaba un nuevo grito de guerra, que llegaría a ser mágico, casi místico: ¡SANTO… SANTO… SANTO! Hasta el jueves…