Según el INEGI, la clase media en México se redujo de 53.4 millones de personas que había en el 2018 a 47.2 millones de personas en el 2020. Esto implica que alrededor de 6 millones de personas cayeron a la clase baja. La pandemia rompió el proceso de ganancia de terreno de la clase media que se presentó entre el 2010 y el 2018, pues según el propio INEGI, estaban convirtiéndose en el grupo principal de la población.
Cabe mencionar que para el INEGI, el promedio mensual de ingreso del hogar de clase media, es de 22,297 pesos contra 11,343 que caracteriza a la clase baja y 77,975 pesos que ingresa la clase alta. Podemos estar en desacuerdo por nuestros gustos exóticos o evidencias anecdóticas, pero con estos parámetros se realizan las mediciones.
Además, también de acuerdo con el Inegi, los gastos que identifican a las familias en la clase media son los relacionados con telefonía e Internet; educación, cultura y recreación (salidas al cine, a teatro); servicios del hogar (limpieza); cuidados personales (estética, gimnasio); luz y agua; conservación de la vivienda; pago de tenencia; consulta médica externa y privada; tarjetas de crédito; gasto en predial y consumo de carne de ganado mayor, de carne de pollo así como consumo de alimentos y bebidas fuera del hogar.
Siempre que se habla de estos temas, reafirmo que en México vivimos el mal del esquimal: así como él es hipersensible a las distintas tonalidades de blanco, por estar rodeado de ellas, los mexicanos inventamos múltiples clases sociales basados en trivialidades, como el tipo de automóvil que uno trae, el colegio al que van los hijos de otro, y el destino vacacional de fulano. Nada de eso tiene importancia para pasar a la verdadera clase alta, que no vive de un salario, es inmune a la inflación y otras características estructurales.
Pero para efectos estadísticos, la diferencia entre la clase media y la baja es fácilmente medible por el acceso a ciertos servicios y consumos habituales.
El concepto de clase es problemático porque no se utiliza como se creó, es decir, bajo la categoría marxista, donde simplemente era uno burgués (si era dueño de los medios de producción) o no lo era (si vendía su trabajo). Esto pondría al dueño de una pequeña tienda de abarrotes en el club de los burgueses y al gerente regional de Walmart en el club de los proletarios.
El chiste se cuenta solo. Pero la fuerza discursiva del concepto es innegable, porque lo que hay es un montón de clasemedieros endeudados asumidos como clase alta, y legatarios románticos de apellido sajón asumidos como proletarios. Es por esta mezcolanza degenerada entre delirio y condición económica real por lo que hace sentido, para un gobierno, emprenderla contra “la clase media” por arribista o por lo que sea. Porque sólo se sienten aludidos los que no deberían, y los verdaderos andan ahí echando porras.
Volviendo a la parte objetiva, el dato más relevante es que, todo indica, la clase media creció de 2010 a 2018. Eso quiere decir que la pobreza se redujo, pero la percepción de la mayoría de la población es que el desempeño de las élites en el poder había sido decepcionante, y por eso un movimiento anti sistémico pudo llegar con un discurso simplista de que todo estaba mal y que los pobres eran más numerosos y más pobres que nunca. Quizás hubo un tema de expectativas crecientes por la transición, que no se cumplieron (muy frecuente en los procesos de cambios radicales percibidos) o quizás la comunicación política en el sexenio de EPN sí fue la peor de todos los tiempos (esta última es mi opinión). Son líneas de investigación para personas más capaces, ahí se las dejo.
Val la pena, finalmente, realizar un contraste con los datos económicos presentes, que nos permiten dimensionar el desempeño del país en una comparativa regional, que tiene más sentido que una arbitraria (la de la tía Lola que siempre nos compara con Canadá o Japón). En ese marco, resulta que los números de México son muy superiores a los de la región, en promedio. Destaca, sobre todo, el dato de que tenemos la segunda menor deuda pública en proporción al PIB.
Esto se debe a que fuimos el único país que no utilizó todas sus líneas de crédito durante el confinamiento. Otros lo hicieron y hoy pagan las consecuencias. Cabe mencionar que el propio FMI alentó el endeudamiento, e incluso sacó un documento al respecto cuyo título es ilustrativo: “Whatever it takes”. Creo que la prudencia en el endeudamiento, junto con la prohibición constitucional de la condonación de impuestos, son las dos mejores decisiones que tomó este gobierno durante su sexenio. Lástima que nadie hablará de ello, porque lo estructural es menos espectacular que lo coyuntural. Así es la política.