Históricamente, las democracias gozaron de una pésima reputación, que solamente hasta el siglo dieciocho, con la ilustración y la independencia de los Estados Unidos, no pudo valorarse como dotada de algunos beneficios. Dentro del margen de críticas expongo dos: el gobierno de los ignorantes y la predisposición congénita hacia la demagogia. En ambos casos, los respectivos planteamientos platónico-aristotélicos, condenarían a la democracia al calabozo intelectual por cerca de dos mil años.
Las mayorías carentes de formación crítica, no deben confundirse con su carencia de educación profesional a la manera moderna, sino como producto del interés en los asuntos públicos que, como diría en la contemporaneidad Hannah Arendt, son parte de la vida activa de cualquier sujeto pensante, produce un compromiso cívico-moral, que vincula al ciudadano, con la praxis pública, y lo aleja de la apropiación del Ágora por parte de los especialistas, al ser el bien común, es transformado en patrimonio de todos.
La mayoría carente de educación, suma su carencia de independencia económica que le evite ser vulnerable a la manipulación que, tipejos miserables -como lo advertirá J.S. Mill-, pretendan el beneficio del sufragio, a partir del lucro clientelar, auspiciado por un discurso supuestamente redentorio, que no es sino manipulación vil que puede incluso llevar a conflictos sociales que confronten a sectores de la sociedad a niveles de violencia sin precedentes. El término stasis, justamente refiere a la confrontación de facciones, que normalmente terminaban en desenlaces espantosos para los dos grupos (pobres y ricos) y donde siempre existía un ganador: el demagogo.
El nexo democracia-demagogia es más íntimo de lo que parece, pues el líder de la facción mayoritaria, que en griego denomina el demos (que significa pobre e ignorante al mismo tiempo) se sustenta en las promesas reivindicatorias del demos, enrarecidas por el discurso vengativo de su líder, y promesas de lo que denomina “justicia”, que no es tal, sino la más personalista venganza, adornada con las florituras de un bien social, construido por encima del respeto, la dignidad y la decencia de ciudadanos lacerados por la palabrería del vengador.
La enfermedad de la democracia es la demagogia, es el producto de la iniquidad social, pero capitalizadas por el liderazgo perverso de ese lucrador que con fines personales, derrumba el sistema completo para evitar quién haga sombra a su tiranía. Gracias a las perversiones de estos tipos, el sistema democrático jamás se consideró dotado de las virtudes que la modernidad le añadiría, creyendo, a partir del liberalismo, que los controles estatales, la teoría de la división de poderes y una mayor conciencia sobre el bien material de la sociedad, evitarían el retorno de las amenazas que hoy observamos cuando otra vez en nombre del demos, se trasgrede la dignidad de los ciudadanos y la fuerza de nuestras leyes.