La existencia del ser humano en el mundo, antes de la democracia, pasó de ser la de personas en un mundo cambiante, a la de personas que impulsan el cambio. El resto son quienes andan quieren que cambie y que todo siga igual, por lo regular ese estancamiento históricamente han intentado alcanzarlo fuera de los cauces democráticos, incluso a través de golpes de Estado o de fraudes electorales.
Respeto a México podríamos asegurar que los fraudes electorales son equivalentes a golpes de Estado, porque se impone un gobierno contra la voluntad del pueblo, situación que vivimos repetidas ocasiones y no hubo castigo para los culpables que gozaron de impunidad gracias a un Poder Judicial de derecha.
La indiferencia impuesta desde el gobierno por un grupo reducido de personas, el culto a la personalidad del Presidente, la mentira como esencia mandato, entre otros factores alejaron a los mexicanos del ejercicio político.
La participación política es un deber, un derecho y una obligación en una sociedad consciente. El rechazo a la participación política es producto del alejamiento de los gobernantes del pasado de la población, de la manera que los colocaron fuer de las decisiones, expulsados del mando. De ahí que digan que la política no es lo suyo a pesar de ser una de sus tareas más trascendentes de su vida.
Los políticos del pasado son los responsables de este desmembramiento entre población y política. Con una exaltada revolución, que no fue revolución, con un descrédito constante de las movilizaciones desde los medios convencionales que expulsaban cualquier participación, una y transición política que nunca lo fue, una alternancia simulada, con la criminalización de la inconformidad social, la denostación de las protestas gremiales, el ejercicio político fue desdeñado por los mexicanos como si se tratara de una enfermedad.
Todo cambio que realmente lo es sale de las reglas, y no se diga de las leyes, cuya reforma se ha paralizado más por sabotaje que por evolución política. Los cambios deben empezar, ahora más que nunca desde la cabeza del poder, los beneficiarios son quienes impulsan esos cambios y nos una burocracia golpista que detiene el desarrollo de un país.
Cuando la oposición clama que se violenta la ley ante las decisiones de un gobierno que escucha a la población es que es tiempo de reformar las normas. La democracia no sólo el estricto apego a las leyes sino su transformación a petición expresa del pueblo.
En ese sentido quienes quedan a la saga son quienes impidieron las reformas argumentando que son inamovibles, luego de que ellos las cambiaron en beneficio de todos algunos dejando al pueblo a un lado de esas decisiones.
La democracia también cambia, para comprobarlo basta con aguzar el oído y escuchar lo que la gente quiere, necesita y exige.