Cada Mundial México se mira en el espejo del futbol. Hoy que la Copa se disputa en casa, la pregunta es de nuevo si vale la pena creer en nuestra selección. Habrá quienes respondan con sarcasmo, con estadísticas de eliminaciones dolorosas, con recuerdos de penales fallados y fallidos (No, no era penal) y octavos de final convertidos en frontera psicológica. Quizá nuestro problema nunca fue creer demasiado, sino desentendernos del basamento de nuestra fe.
Creer en la selección significa saber que el apoyo no necesariamente proviene de victorias. Las grandes aficiones del mundo no abandonamos a nuestros equipos cuando las probabilidades son adversas; resistimos porque sabemos que la devoción, la convicción y la tribuna también juegan.
Hay algo profundamente mexicano en seguir creyendo incluso después de las decepciones. Hemos aprendido a sobrevivir terremotos, crisis, inundaciones y otras tragedias colectivas. Muy a su manera, el futbol encarna esa resiliencia; esa aspiración generacional de un triunfo que atempere la tormenta.
México tiene una afición-iglesia capaz de convertir cualquier estadio en territorio nacional. Tiene también la oportunidad irrepetible de jugar frente a su feligresía, con el peso de la historia y el impulso emocional que solo la localía garantiza.
El “juego del hombre” jamás ha sido una ciencia exacta. Si lo fuera, no existirían las hazañas. Nadie habría visto a selecciones pequeñas derribar gigantes ni a jugadores desconocidos convertirse en ídolos sempiternos.
Y sí, existe el riesgo de caer; pero renunciar antes de tiempo sería negar el poder cósmico de la redención, porque el futbol también premia a quienes se imaginan “cosas chingonas”. Ninguna generación recuerda a quienes calcularon juiciosamente la derrota; memoria y leyenda pertenecen a quienes ignorando tendencia y precedente desafiaron un futuro ominoso y lo reventaron en pedazos.
En un país que respira futbol desde las canchas de tierra hasta los estadios monumentales, familias enteras nos reuniremos frente al televisor; y llenaremos calles y redes de banderas, bailes, memes y canciones. Es que, en México, junto al Cielito Lindo y el “Hasta que te conocí” de Juan Gabriel (el de Bellas Artes), el futbol es una expresión portentosa de identidad nacional.
Quizá la selección no levante la Jules Rimet este año, pero el Mundial 2026 representa algo más ambicioso que su resultado: la posibilidad de reconciliar al futbol mexicano con su propia ambición y asumir, por fin, que competir no es sinónimo de únicamente 4 juegos, o 5.
Hoy, en el juego inaugural, cuando nuestro inmarcesible himno nacional, el más emocionante y bélico del planeta vuelva a sonar y el balón ruede en el Azteca, habrá que decidir. Disolvernos en la aflicción de la ironía o enderezarnos en la resolución de la esperanza, y quizá ahí, precisamente ahí, en ese arrebato de lucidez colectiva, empiece la verdadera victoria mexicana.
X: @ElConsultor2
Tiktok: @profesergioj