Es perfectamente entendible que la desilusión frente a la derrota provoque en cualquier persona un desasosiego proporcional a la pérdida, que como en todo, depende del costo de sus implicaciones y la violencia de sus expresiones.
Como dice J. Huizinga en su famoso texto “Homo Ludens”, haciendo una reflexión crítica sobre el sentido de ese espacio lúdico que denominamos “juego”, en donde el ser humano crea un entorno dotado de características propias, donde a la manera de un ritual, el conjunto de reglas que permiten el desarrollo del evento, básico para que la artificiosidad cumpla su objetivo sin que la ilusión se caiga a pedazos.
El juego es un extraño “cambio de conciencia”, y me remito a lo último, porque esta no se pierde, sino que evalúa el “campo de acción” desde sus propias reglas que pueden entrar en contradicción con lo fáctico, por ejemplo, cuando el escenario nos remite a una “recreación histórica” donde sabemos perfectamente de que tal acontecimiento no es lo que realmente ocurre. En una puesta de “Los siete contra Tebas”, no esperaríamos que uno de los hijos de Edipo aparezca con una ametralladora para mandar a su hermano al hades.
Mantener el “campo de acción” es incluso tan importante, que puede parecerse a un rito casi religioso, incluso capaz de proteger a la persona ante cualquier perturbación que lo saque del ensueño que, de ocurrir, significa un hecho imperdonable dirigido hacia el fenómeno perturbador y, al mismo tiempo, un derrumbe existencial que de inmediato dispone ante los ojos de la persona, circunstancias que no pretendía contemplar, como si ante la mirada un espejo fracturara la intimidad más profunda, y eso que se pensaba magnífico, ni era tal, sino, quizá, todo lo contrario.
Una persona, como una sociedad, acostumbrada a la dinámica de sus interrelaciones, constantemente se expone a semejante desilusión de sus creencias personales. La ingenuidad es incomprensible cuando la pluralidad y el choque de los encontronazos, promueve la posibilidad latente del yerro, o, cuando menos, la noción de que el otro puede tener razón. Este principio no es solamente válido en el plano de la discusión científica, sino también en el de las creencias y vínculos personales, consigo y con los otros.
Se entiende que las ilusiones derrumbadas duelan, pero también se obtiene el antídoto del concentrado de todas ellas. La experiencia del mundo obliga a desarrollar curas a males que en la adolescencia seguramente eran incurables, o bien, a llevar el dolor con la dignidad de un ser humano que asimila el costo de sus acciones o los hechos más tristes de la vida.
Cuando es una persona la que daña ese “campo de acción” de lo lúdico, “aguafiestas” es su nombre que, como en todo, hay proporciones y dolores. En el partido mundialista México-Ecuador, el primero fue el aguafiestas de una muy extraña ilusión que ese país sureño se había hecho de sí mismo, al adjudicarse cualidades sobrenaturales que le hicieron derrotar a Alemania, y no entender que el país norteamericano, a los ojos de todos, les diera la arrastrada de sus vidas. Entre la prensa y los influencers, la discusión es digna de una tragedia griega, así como de una negación postraumática que amerita tratamiento para el país completo.
Ecuador es un país semiaislado en el subcontinente que ha tenido pocas experiencias de enfrentarse con un mundo donde a veces se gana y otras se pierde. Como novia de pueblo se enamoró al primer guiño, y a la primera desilusión se clavó la daga como una Yocasta abrumada.