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El derecho a la enajenación

El derecho a la enajenación

Columnas jueves 06 de agosto de 2026 -



No sorprende que las partes interesadas en el negocio de las redes sociales y los teléfonos celulares quieran convertir el tema de la restricción de su utilización dentro de las escuelas, en una especie de cruzada por la libertad y la democracia. No lo es. Se trata más bien de presentar un problema educativo como si fuera una afrenta a la voluntad individual. Falso. Hablamos del derecho —muchas veces ignorado— a aprender con condiciones mínimas, con atención sostenida, con tiempos que no estén secuestrados por notificaciones, sugerencias y recompensas pedorras.
Va la evidencia anecdótica, una disculpa. Yo mismo, luego de dar clases en distintas universidades durante más de 10 años, decidí abandonar la docencia por completo, luego de uno o dos semestres de competir, sin éxito, por la atención de alumnos pegados a su pantallita. Se dirá que es culpa del docente, por hacer su clase más aburrida que los TikTok de bailes virales o lo que sea que esté de moda esta semana. Y es cierto que hay profesores mejores y peores, más y menos carismáticos; también lo es que la didáctica importa, y que la presentación de un tema puede volverlo accesible o mistico. Pero el fondo es q la escuela existe para formar, no para divertir. Y sin importar las habilidades histriónicas de algún docente en particular, aprender nunca será tan cómodo como descansar. Por eso la cuestión no es si el maestro puede “ganarle” al celular en el espectáculo, que el celular no debería participar en el mismo terreno. El dispositivo ofrece, con eficacia, entretenimiento inmediato y continuo, y acostumbra a la mente a que el mundo es contenido fugaz que se consume sin demora. Y como Juanito no es Séneca, no va a preguntarse si elegir el deber por encima del placer le conllevará una vida mejor, ni nada.
Siempre han existido los juguetes, la comida chatarra, los medios de consumo mediático y demás bienes de relajación y distracción. Pero hace todavía pocos años, a nadie se le hubiera ocurrido rasgarse las vestiduras por impedir que un salón de clases se convirtiera en un patio de juegos, un picnic o un salón de cine. Se entendía, al menos en parte, que la escuela —precisamente porque es escuela— define un espacio y un propósito: allí no se va a “pasar el rato”, sino a construir capacidades. Nadie veía como atentado contra la identidad que, para leer, se necesitara leer; que, para entender, se necesitara escuchar; que, para aprender, se necesitara poner atención, y así, todo lo que hoy desmorona mazapanes.
La pregunta más incómoda no es si el estudiante tiene derecho a usar su dispositivo todo el día, sino qué está perdiendo al usarlo, y qué está dejando de construir cuando lo usa en clase como si esta fuera música de fondo. La consecuencia no siempre se aprecia en el instante; se acumula en silencio. Así es como llegan a la licenciatura sin la capacidad de leer en voz alta, ni de entender lo que leen.
Quizás la batalla está perdida, pero no por eso hay que celebrarlo como si fuera un logro de la modernidad. No deberíamos aplaudir que la escuela se adapte a la distracción, porque entonces se renuncia a su razón de existir. La modernidad, si tiene algún valor, no consiste en poner el aprendizaje a competir con el algoritmo, sino en usar el conocimiento para ampliar capacidades humanas de modo que los medios sigan al servicio de los fines. No es difícil tener miedo de que la IA te sustituya cuando no sabes hacer un carajo.
Si democracia se defiende con educación sólida, entonces conviene no confundir el derecho a tener un dispositivo con el deber —de la escuela y de la comunidad— de garantizar que ese dispositivo no se coma el propósito mismo de la educación. Por eso la restricción en las escuelas no debería celebrarse como una derrota del mundo, sino asumirse como una medida mínima: una forma de devolverle al aula su tarea, antes de que el aula termine de volverse guardería.

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