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El juego de las sillas

El juego de las sillas

Columnas jueves 14 de septiembre de 2023 -

En otro espacio he dicho que los mexicanos, para todo, usamos la lógica mundialista. Cada 4 años, pasamos de minimizar y devaluar el talento de varios jugadores, del director técnico en funciones (quien sea) y de los directivos, a esperanzarnos, cada vez más, con los mismos sujetos acomodados de manera diferente. El entusiasmo es contagioso para un pueblo complejo como el nuestro, que es a la vez cursi, justiciero, resentido, violento, infiel, guadalupano, ingenioso y solidario. Así que antes del primer partido, y hasta que nos eliminan en el cuarto, celebramos los goles y lloramos las derrotas como si quienes jugaran fueran nuestros propios hijos. Así somos, y está bien.

Cada 6 años en política sucede más o menos lo mismo, si bien toda proporción guardada y con el matiz de que hoy vivimos un espacio público donde hay mayoría de fractura; esto es, la mayoría no solamente se comporta como tal (eso es natural) sino que le restriega a la minoría su debilidad, su impotencia, y cada que puede, su supuesta inferioridad ontológica. Una democracia no es solo aquella donde hay oposición, sino aquella en la que a la oposición se le permite serlo sin ser hostigada ni intimidada, sea por medios oficiales, o por medios indirectos bajo la instigación oficial. Para esta conversación estaremos listos en unos 4 o 5 años, no ahorita.

Bajo esta metáfora deportiva, estamos en la época de la conformación de la selección nacional, para los siguientes 6 años. Se empieza a perfilar quién es el que va a “convocar” a los jugadores y jugadoras, y más de uno ya está bosquejando lo que puede ser su plan de juego, sus “variantes” y hasta los recursos con los que puede parchar algunos huecos que le serán heredados.

A nivel macro, esas predicciones o escenarios son entretenidos, pero además hacen las veces de termómetro de politización del público en general. Antes se creía que el involucramiento en la política, por sí solo, era también un signo de buena salud democrática. A partir de la era de la desinformación, la polarización irracional y el discurso del odio, las cosas ya no son tan sencillas, pero lo cierto es que el otro extremo (que nadie se interese por los asuntos públicos) parece una alternativa mucho peor, propia de los estados despóticos.

A nivel micro, empero, ocurre algo más divertido, pero no para los involucrados. Porque resulta que, hasta los individuos más contingentes, una vez que se unge a los candidatos (candidatas también, por supuesto), son, o tienen un amigo, que es cercanísimo. Así es como se empiezan a generar equipos, formaciones, campeonatos y hasta sueldos imaginarios, y el entorno del fulano que ayer estaba apolillado en una oficina sin ventanas, se llena de pretendientes, aduladores, proveedores y amigos. Cuando uno hace la cuenta, resulta que, si la mayoría de ellos dijera la verdad o estuviese bien informado, México terminaría con una estructura burocrática más grande que la Unión Soviética en sus tiempos más obesos. Eso no quita que, durante algunos meses, en los círculos más diversos, abunden las reparticiones en papel, los compromisos, las promesas de vasallaje y las traiciones ad cautelam.

Dentro de las instituciones públicas, este fenómeno tiene un impacto negativo y más o menos grave, puesto que muchos funcionarios en activo, de facto dejan de realizar sus labores y empiezan a dedicarse, de lleno, a la grilla descarada, al trabajo de campaña (solicitado o espontáneo) o, en el peor de los casos, los que ya perdieron su apuesta, a exprimir la ventanilla, sea que estén en una grande o pequeña. La razón de que se le solicite a los altos funcionarios que quieren contender por algo, que se separen de sus cargos antes, no es sólo legal, sino ética, porque se asume que no pueden hacer su trabajo y hacer campaña o pre campaña al mismo tiempo. Pero detrás de ellos, hay muchísimos que se quedan, pero no se quedan.

Y es que la mayoría tampoco puede, porque en las campañas nada paga nada, y pocos pueden darse el lujo de vivir un año trabajando mucho sin recibir ingreso alguno. Quienes tienen el dinero para invertir en política, no están en el gobierno, y sus incentivos son otros, para otro texto.

Al final lo que termina pasando es un caótico juego de las sillas, donde la mayor parte se queda de pie, porque, como uno aprende conversando con personas que han sido poderosas, gobernar es repartir un pastel mucho más pequeño de lo que se cree, entre un montón de personas que creen, cada quien, por razones varias, que a ellos les toca un pedazo más grande.


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/CR

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