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El pato Merlín y el mundial callejero

El pato Merlín y el mundial callejero

Columnas lunes 22 de junio de 2026 -



@onelortiz
https://youtu.be/RwPRLZfQF0Q?si=vHLPsdBETCcTcZe7

Cuando era estudiante universitario, con la mochila al hombro y apenas el dinero suficiente para el pasaje, a veces ni eso, hice más de un viaje al Festival Internacional Cervantino. En realidad, existían dos festivales. Uno era el oficial, el de los programas impresos, los teatros y los recintos culturales; el otro era el callejero, el que se realizaba en las plazas, los callejones y los túneles de Guanajuato. Ahí, entre músicos, artistas y espectadores, encontraba el verdadero espíritu del Cervantino.
Con el Mundial de fútbol sucede algo parecido. Está el torneo de la FIFA: el de los estadios caros, los boletos de precios prohibitivos, las zonas VIP, las terrazas exclusivas y las transmisiones de paga. Pero también existe otro torneo: el mundial callejero. Ese que se vive en el Paseo de la Reforma, en la Macroplaza de Monterrey, en la Glorieta de la Minerva en Guadalajara y en tantas plazas públicas donde miles de aficionados convierten el espacio urbano en una fiesta colectiva.
En ese universo paralelo también nacen sus propios símbolos. Las mascotas oficiales, diseñadas por agencias de publicidad, suelen pasar sin pena ni gloria. Por eso resulta fascinante el fenómeno del pato Merlín. No surgió de una campaña multimillonaria ni de un comité organizador. Es una mascota familiar, de una comerciante informal de la CDMX, que terminó conquistando el cariño de miles de aficionados. Su éxito no fue planeado; simplemente ocurrió porque la gente decidió adoptarlo como un emblema propio.
Lo verdaderamente llamativo es observar cómo, una vez convertido en fenómeno social, todos quieren apropiarse de él. Desde oficinas gubernamentales hasta medios de comunicación tradicionalmente críticos del gobierno buscan fotografiarse con el famoso patito o asociarse con su popularidad. Esa disputa por capitalizar un símbolo nacido de manera espontánea resulta, cuando menos, contradictoria y, en más de un aspecto, patética.
Detrás de la alegría también conviene hacer una reflexión. La fiesta popular es bienvenida; la euforia colectiva forma parte del deporte y de la identidad de un país. Pero sería deseable que esa pasión evolucionara hacia una cultura cívica más responsable. Las imágenes del Paseo de la Reforma cubierto de basura después del triunfo de México frente a Corea contrastan con el ejemplo de los aficionados japoneses, famosos por recoger sus desperdicios al finalizar cada encuentro.
Quizá el pato Merlín represente justamente eso que ninguna campaña institucional puede fabricar: la capacidad del pueblo para crear sus propios símbolos. Ojalá que junto con esa creatividad también aprendamos que una celebración memorable no sólo se mide por los gritos y los cánticos, sino por el respeto al espacio público que compartimos y que cada quien recoja su basura, cuando menos en los estadios.
Eso pienso yo, usted qué opina. La política es de bronce

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