Sigo a Nolan desde Memento (2000), por recomendación de uno de mis mejores amigos y sin duda de mis gurús más confiables en cuanto a cine respecta. Ya había visto su genialidad en el Caballero de la Noche (2008), sin embargo fue en una época de mi juventud en la que aún era analfabeta en el séptimo arte y jamás había pensado si quiera en preguntarme quién dirigía mis filmes favoritos (con una clara excepción de Alfonso Cuarón, quien dirigió mi película favorita de la saga de Harry Potter y, al ser mexicano, sin duda no pasó desapercibido a mis apenas 12 años).
Inception (2010) fue uno de los filmes que inició con las grandes preguntas filosóficas de mi vida transmitidos a través del cine, pero el día que vi Interestelar (2014) creí que sin duda esa sería la gran obra de su vida y mi filme favorito… ¡Dios! ¡Qué equivocado estaba!
Y es que con Homero tengo una historia personal de amor y culpa. He sido un amante de la cultura helénica desde mis días en la universidad. Leí con deleite a Platón y Aristóteles, a Tulcídides y fragmentos de Herodoto; pero culposamente la mitología y la poesía griega, exceptuando a Esquilo, me llegó a través de las historias de interlocutores más contemporáneos como Javier Negrete y las colecciones de mitología de Gredos. La historia, a través de autores como Osborne, Bowra, Jellinek y sí, lo digo sin arrepentimiento, mi mayor influencia fue el criticado Indro Montanelli. Siempre “le saqué” a la fuente poética de la mitología helénica. Incluso con Homero, con quien más de una vez inicié la Ilíada sin conseguir concluirla.
Y hago esta reflexión autocrítica para exponer un argumento que deja ver una verdad incómoda, culposa. Esta y las nuevas generaciones sabrán de Ulises y Penélope, no por Homero, sino por Nolan. Lo que es una mala y buena noticia a la vez, porque muchos habrían muerto sin conocer jamás esta historia, pero el mundo tuvo la suerte de que nuestro director favorito la llevara a la pantalla grande… y grande en toda la extensión de la palabra, porque la experiencia es inmensamente distinta al verla en su formato de origen: IMAX.
Christopher Nolan se ha convertido en el máximo juglar de nuestra era. Millones conocerán de la Ilíada y la Odisea por el tremendo legado que deja en esta pieza de arte incuestionable. Una historia que Homero tuvo el tino de escribir, pero que se contó cientos de años antes y se transmitió de boca en boca con versiones diferentes y personajes insertados en la trama para halagar a los eupátridas de su época. Hoy, Nolan presenta al mundo su versión en el lenguaje artístico más poderoso y complejo que ha encontrado la humanidad: el cine.
Y, lo más impresionante y honorable de este artista de una sola pieza, es que en una era de pantallas verdes y cine barato, Nolan levantó Troya de nuevo, grabó en la cueva de Néstor, arrastró a la producción y al reparto por las laderas del castillo de Santa Caterina, buscó locaciones perfectas para crear los ambientes deseados; no escatimó en documentar cada detalle para ensamblar esta maravillosa obra que opacó al propio reparto, plagado de las estrellas más caras de Hollywood.
Y el guión ¡Por Zeus! Es por demás maravilloso. En solo 2 horas con 52 minutos logró dejar decenas de enseñanzas que tardarán días en desenmarañarse en la mente de cada espectador. Los puristas siempre verán el negro en el arroz, y criticarán la adaptación al cine; los activistas lamentarán las oportunidades de reforzar discursos y luchas sociales contemporáneas; los superfluos y rancios conservadores estallarán contra las elecciones del reparto y la imagen de la misma Helena; pero esta, señores, no es la Odisea de Homero, es la Odisea de Nolan.