Stalin era un georgiano algo alejado de la cosmovisión hegemónica del Imperio Ruso; su acento lo delataba y, para desgracia de todos, ese mismo distintivo encubaría una serie de conflictos que cobraría al mundo, como destaca en Contra la Corriente, Sir Isaiah Berlin, cuyos ensayos analizan a esos “otros” de la historia, a la marginalidad en su esplendor, ya sea como fuerza inspiradora para legitimar la presencia de un grupo, como Benjamin Disraeli, el fabuloso Primer Ministro judío de la Reina Victoria de Inglaterra, y sus esfuerzos para ganar respetabilidad en un contexto no siempre favorecedor para esta importantísima etnia.
Crear o destruir; arraigarse o renegar; el aprecio o el resentimiento de esos “otros” que, sin lugar a dudas han constituido parte importante de las sociedades, habitando en los límites de la contradicción, y de las capacidades culturales de las sociedades para evitar que la grieta sea el origen de un abismo que trague a todo el mundo, como el estudiante de pintura rechazado de la Imperial Academia de Arte de Viena, o ese sujeto al que una gran universidad le permitiera fosilizarse doce años en sus entrañas, para erigirse en un gobernante con desprecio probado hacia la intelectualidad académica que lo arrojó a la vil mazmorra de quince exámenes extraordinarios en su haber: Un Montecristo costeño.
El mundo de los resentidos y de los frustrados claro que obtiene un eco entre sus símiles, generando un poder atorado como el de tantas veces que tuvieron que soportar silenciosamente los reclamos de un orden que los consideró basura, y al que, en sus momentos de gloria, con la venganza del famoso Yago shakespereano, envidioso hasta la médula del soberbio moro Otelo, trabajó con ahínco para destrozar la vida del triunfador Almirante veneciano. Nada peor para un acomplejado, que la evidente distinción del admirado y del respetado.
La distinción no es del gusto de los taimados, por eso aman borrar las excelencias. Inventan su cuento homogeneizante para que, al menospreciar las gracias y virtudes ajenas, no se noten sus defectos, y presuman de supuestos dones donde realmente impera la deficiencia. No nos extraña que semejantes prototipos promuevan soberbias magistrales, y exhiban como virtudes, sus miserias. La venganza promueve su actitud infamante, su odio público, su amor por el dispendio que subsane su pequeñez, y la ostentación como recurso de probable admiración donde el espíritu marchito ya expone sus frutos putrefactos.
Ciertamente que la cultura debe de crear canales que, cual drenaje, conduzcan las malsanas pasiones de los humanos hacia lagunas menos agresivas. No convienen los frustrados y los resentidos que desquitan sus fracasos con sociedades completas, impidiendo incluso valorar y apreciar a las grandes figuras que en muchos casos han sido víctimas de la envidia y el coraje.