Los avances tecnológicos entusiasman a los ingenieros y alarman a los obreros, desde siempre. Son célebres las revueltas de los primeros trabajadores de la revolución industrial, que destruían violentamente las máquinas que, a su parecer, los dejarían sin trabajo. Tenían razón y, al mismo tiempo, no. Porque los obreros pre industriales se sustituyeron por obreros operadores de maquinaria y otras labores modificadas por la nueva dinámica productiva.
La redundancia de la imperfección humana se antoja inevitable cuando una herramienta de acero, que no necesita comer ni dormir, y no tiene distracciones, puede hacer lo mismo que nosotros, pero mejor.
La famosa destrucción creativa siempre causa esos efectos mixtos. Por supuesto que si tu giro era la venta de herraduras para caballos, la invención del automóvil significó, a la larga, la extinción de tu negocio; pero la necesidad humana no cambió (transportarse) sino que se mantuvo y hasta se incrementó.
Quien la supo leer a tiempo, seguramente se hizo rico o al menos desarrolló competencias relevantes para la nueva era. En la primera mitad del siglo XIX, se inventaron los primeros procedimientos fotográficos. Sin embargo, fue hasta que la tecnología fotográfica se hizo más sofisticada y masiva, ya entrado el siglo XX, que el mundo la asimiló como una nueva realidad, y algunos apuntaron que la pintura en general, y los pintores en particular, se habían vuelto obsoletos.
Se supone que su desaparición era cuestión de tiempo, porque asumían que la pintura no era sino un intento humano que pretendía reproducir la realidad de un momento en un espacio determinado, con la mayor fidelidad posible, y ningún pintor podía obtener los mismos resultados que una cámara, por más virtuoso que fuese.
Pero lo que estaba mal ahí era la primera premisa. Hoy sabemos que la pintura descubrió múltiples vetas donde la realidad no se copiaba, y en lugar de eso que se deformaba, se sublimaba o se subvertía, porque el mensaje no sólo es signo sino significado, como en todo lo que el ser humano hace deliberadamente.
Si nos vamos más lejos, muchos sabios de la antigüedad vieron con enorme pesimismo la invención de la imprenta, porque creían que los libros atrofiarían la memoria, harían frívolas las escuelas y extinguirían a los maestros; ¿Quién necesitaría de maestros cuando todo estaría ya en los libros?
Creo que se entiende el punto. Actualmente, la última disrupción tecnológica, como le gusta llamarle a los onanistas del mercado de valores, son los chat bots, una herramienta de inteligencia artificial que, en lugar del buscador tradicional de internet, entabla una conversación con el usuario, y se le puede pedir y preguntar prácticamente todo. Es como si tuviésemos a Dios a nuestra disposición para resolver nuestras estupideces y volvernos aún más inútiles en nuestros arreglos logísticos, o así es como nos lo están vendiendo.
La que está de moda es ChatGPT, pero ya sacó la suya Google, Microsoft va a incorporar una a Bing, y así todos las corporaciones billonarias. Resulta que las acciones de todas subieron cuando se anunciaron, y en sus demostraciones, luego de cajetear preguntas sencillas, bajaron estrepitosamente. Me encanta la lógica de la especulación bursátil, siempre tan profunda. Creo que el punto queda claro: cuando las computadoras aprendieron a jugar ajedrez, eso no hizo que desaparecieran los ajedrecistas humanos, porque a nadie le interesa ver jugar a una computadora contra otra, sería estúpido. El elemento competitivo es un significado que sólo puede entenderse cuando es un humano el que se involucra en la competencia.
Así, casi todas las actuaciones humanas están dotadas de un significado que es, por definición, inasequible a las computadoras. Es, en todo caso, una simulación, con los mismos signos, pero nada más. Y si aún así les invade el catastrofismo, recuerden que el capitalismo requiere de un mercado de consumidores para sostenerse, así que si las máquinas nos sustituyen a todos, para todo, y todo mundo queda desempleado, no habría nadie que comprara los bienes y servicios producidos por esas máquinas perfectas. No pasará.