Fue Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) el partido que empezó con las encuestas para definir la postulación de candidatos y candidatas. El resultado está a la vista. Tiene la presidencia de la República, la mayoría de los gobiernos estatales, la mayoría de las alcaldías, mayoría calificada en el Congreso de la Unión y casi la totalidad de los congresos locales. No hay duda de su eficacia, siempre y cuando se respeten y acaten los porcentajes, salvo que esté por delante otro criterio.
Sin duda, ejemplo emblemático de ese otro criterio fue el caso de la Ciudad de México en los procesos internos para las nominaciones de la elección de 2024. Omar García Harfuch, ahora secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, ganó por amplio margen la interna.
Finalmente, no fue candidato porque antes tenía que aplicarse la paridad de género. Así fue como llegó Clara Brugada. ¿Se enojó Omar? ¿Hizo berrinche? ¿Optó por irse a otro partido? Ninguna de las tres alternativas. Quedó conforme con la candidatura para el Senado, donde estuvo poco tiempo. Solicitó licencia porque la presidenta Claudia Sheinbaum lo invitó a ser parte del gabinete.
Ahora Omar está convertido en uno de los principales personajes del equipo de la 4T, ubicado en la lista de los que podrían competir por la candidatura presidencial en 2030.
No es fácil actuar como lo hizo Omar. Lo común, no solo en Morena sino en los demás partidos, es que todos y todas quieran llegar a una posición de representación popular. La pelean y hacen lo que esté a su alcance para lograr el objetivo. Llegan a romper las reglas de su propia organización y se van a otra cuando sus aspiraciones no quedan satisfechas.
La fórmula de las encuestas es la que menos inconformes deja. En un principio Morena transparentó el ejercicio, daba los porcentajes obtenidos por competidores y competidoras. Dejó de hacerlo porque provocó enemistades, celos y ciertas molestias internas.
Además, era obvio que la oposición las iba a revisar con lupa para encontrar la forma de manipularlas a su favor, cuestionarlas. Hoy solo las descalifica por la falta de transparencia, lo que tiene sin cuidado al que las hace.
Lo fundamental es que se cumplan los resultados y se nomine a quien haya obtenido el más alto porcentaje. Si se hace algo distinto, el riesgo, alto, es perder la elección. Es donde se va a verificar si se acataron las encuestas. Hay escenarios que ni de esa manera se pueden ganar, entendible, porque son bastiones de partidos. No son invencibles, solo que para desplazarlos se requiere mucho más que el resultado de un sondeo. Trabajo permanente de campo como el que hizo Andrés Manuel López Obrador, por años.
El PRI y el PAN ya descubrieron las ventajas de las encuestas. Seguro que las hacen, nada más que sus resultados revelan que no las atienden como debería ser. Por eso están donde están, disminuidos. Han preferido el método de imponer la voluntad cupular, sin importar que el elegido como candidata o candidato no sea el mejor prospecto para la competencia.
Recuerden lo que les pasó en la elección de 2024. Presumían que harían la selección más democrática de su historia y daban por hecho que los llevaría a recuperar el poder. Juntos PAN y PRI. Incluso hasta ex consejeros del INE se involucraron para aportar su experiencia y garantizar la imparcialidad del ejercicio.
A la mera hora, cayeron en lo mismo, en la imposición, en lo que creían convenía a sus intereses partidistas y a los intereses de grupos afines. Cuando detectaron que Beatriz Paredes tenía posibilidades de ganar la interna, apareció sorpresivamente el priista Alejandro Moreno con el anuncio, rompiendo los tiempos establecidos para agotar el proceso, de que Xóchitl Gálvez sería la candidata, porque iba adelante en las encuestas.
¿Y qué pasó?
Fue estrepitosa la derrota de Xóchitl. Todavía se atrevieron a hacer el ridículo la noche de la elección, en las primeras horas, al dar conferencia de prensa y asegurar que habían triunfado cuando las cifras del instituto electoral señalaban todo lo contrario,
Pagaron el precio de no haber respetado sus propias encuestas. Para las elecciones intermedias de 2027 prometen nominar a ciudadanos y ciudadanas, aunque no sean militantes. Falta ver si lo hacen y si esos ciudadanos y ciudadanas quieren ponerse la camiseta de partidos que les han fallado.
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