Todos queremos tener salud.
Queremos vivir muchos años, conservar nuestra independencia, mantener un peso adecuado, hacer ejercicio, dormir bien, alimentarnos correctamente y llegar a la vejez con la mayor capacidad física y mental posible.La aspiración es legítima. El problema aparece cuando esa aspiración se encuentra con lo que desde hace tiempo me gusta llamar “cucharadas de realidad”. Porque querer estar sano no siempre significa poder hacerlo en las condiciones ideales.
Está quien quisiera alimentarse mejor, pero debe ajustar cada compra a un presupuesto limitado. Quien sabe que necesita hacer ejercicio, pero trabaja diez horas y utiliza otras dos para trasladarse. Quien debería dormir ocho horas, pero tiene dos empleos. Quien necesita acudir a una consulta, pero no puede abandonar su trabajo. O quien recibe una indicación médica correcta, pero simplemente no puede pagar el tratamiento. La ciencia confirma que la salud no depende exclusivamente de nuestras decisiones.
La OMS denomina determinantes sociales de la salud a las condiciones en las que nacemos, crecemos, trabajamos, vivimos y envejecemos. El ingreso, la educación, el empleo, la vivienda, el acceso a alimentos saludables y a servicios sanitarios influyen de manera importante en nuestra posibilidad de enfermarnos y también de recuperarnos.
Por eso resulta injusto reducir la salud a una frase como: “el que quiere, puede”.
No todos partimos del mismo lugar ni tenemos las mismas posibilidades.
Pero reconocerlo tampoco significa resignarnos. Ahí comienza, quizá, la parte más importante de la reflexión: entre la salud perfecta que imaginamos y las circunstancias que no podemos modificar existe un espacio sobre el cual sí podemos actuar.
Tal vez no podamos pagar un gimnasio, pero podemos caminar. Quizá no podamos transformar completamente nuestra alimentación, pero sí disminuir algunas bebidas azucaradas o alimentos ultraprocesados. No siempre podremos eliminar el estrés laboral, pero podemos aprender a reconocerlo y buscar espacios para recuperarnos. Y si padecemos una enfermedad crónica, podemos intentar conocerla mejor, cumplir el tratamiento posible y acudir periódicamente a seguimiento.
No se trata de hacerlo todo.
Se trata de identificar qué podemos hacer hoy, dentro de nuestra propia realidad.
La medicina también debe entenderlo. Prescribir un tratamiento que un paciente no puede comprar, recomendar una dieta incompatible con sus posibilidades económicas o exigir cambios que su entorno laboral hace prácticamente imposibles puede ser técnicamente correcto, pero insuficiente desde el punto de vista humano.
Una buena atención médica también pregunta: ¿esto que estoy recomendando realmente puede hacerlo mi paciente?
Y existe una tercera responsabilidad: la de las instituciones y los gobiernos. Si queremos sociedades más saludables necesitamos políticas públicas que hagan más fácil elegir salud: espacios seguros para caminar, alimentos saludables accesibles, vacunación, detección oportuna, servicios médicos suficientes, condiciones laborales dignas y educación para la salud.
La responsabilidad, entonces, es compartida. El Estado debe generar condiciones; los profesionales debemos comprender circunstancias; y cada persona debe asumir aquello que razonablemente está en sus manos.
No podemos elegir todas las cartas que nos entrega la vida.
Pero sí podemos decidir cómo jugar algunas de ellas.
Significa construir, dentro de nuestras circunstancias, la mejor salud posible.
Quizá ésa sea una aspiración mucho más realista, más justa y, sobre todo, más humana, sin embargo, como bien decía Ramón de Campoamor "Nada es verdad, nada es mentira, todo es de acuerdo del color con el cristal con que se mira”