La caída del ánimo para invertir no es un dato más en la larga lista de indicadores económicos. Es una señal de alarma. Cuando dos de cada 10 empresarios socios de la Confederación Patronal de la República Mexicana (COPARMEX) consideran que México es un buen lugar para invertir, es una advertencia sobre el futuro de la economía nacional.
Hay cifras que informan. Hay otras que advierten. Y hay algunas que deberían incomodar al poder. La caída del 23% de ánimo para invertir entre los empresarios socios de COPARMEX pertenece a la tercera categoría.
Que el indicador se ubique en su nivel más bajo desde 2020, debería obligar al gobierno a escuchar algo que el sector privado viene repitiendo desde hace tiempo: la inversión no se decreta, no se ordena y mucho menos se convence con discursos. La inversión llega cuando existen condiciones para confiar.
Y hoy, lo preocupante es que las empresas nos están diciendo que no quieren crecer. Están advirtiendo que no saben si pueden hacerlo con seguridad, con certeza jurídica. Ahí está el verdadero problema.
La inseguridad y la incertidumbre continúan apareciendo como obstáculos importantes para las empresas. No se trata solamente del temor a ser víctimas de un delito. La inseguridad encarece las operaciones, altera rutas. Una economía donde empresarios y emprendedores tienen que pensar primero en cómo protegerse y después en cómo crecer.
La extorsión y el cobro de piso escalaron hasta convertirse en el principal delito que afecta a los negocios afiliados. Prácticamente 1 de cada 2 empresas ha sido víctima de algún delito. El impuesto criminal se paga todos los días. Es dinero destinado a seguridad privada, vigilancia, seguros, logística y protección de mercancías. Son rutas modificadas, horarios alterados, entregas retrasadas y negocios que dejan de operar en determinadas zonas.
La delincuencia no solamente roba mercancías, roba oportunidades. Afecta al consumidor. La incertidumbre hace el resto. El mensaje es contundente. Una empresa que deja de invertir congela plazas laborales. Una pequeña empresa que sobrevive en lugar de crecer difícilmente puede incorporar tecnología, capacitar trabajadores o mejorar salarios.
Y son precisamente las pequeñas y medianas empresas las que enfrentan una paradoja particularmente cruel: se les pide formalidad, generación de empleo, productividad y competitividad, pero muchas veces se le coloca frente a un entorno donde simplemente subsistir ya es una hazaña. No se puede exigir crecimiento mientras se administra incertidumbre.
La caída del 23% en el ánimo empresarial para invertir, no debería leerse simplemente como un porcentaje. Es un semáforo en rojo. Porque cuando el empresario deja de preguntarse “¿Cómo lograr sobrevivir?”, la economía entra en modo de contención.
Así las cosas, el Estado de derecho debería ser una certeza, no una apuesta. No estamos frente a empresarios que perdieron el apetito. Estamos frente a hombres de negocios que perdieron certezas.
@guillegomora